¿Cuántas personas
han leído, realmente, El Quijote en España? Me atrevería a decir que muy pocas. Y,
sin embargo, cuando, hace unos meses, escuché a un chico joven decirle a su
amiga que le habían mandado leer un libro que se llamaba “El Quijote”… en fin,
reconozco que me asusté un poco, porque en mi mente nombrar este libro como si
fuera algo poco relevante o desconocido era el epítome de la ignorancia -Una
cosa es no haber leído, pongamos por caso, La Odisea, o El Corán y otra bien
distinta es no saber qué es- Por eso sentí una especie de gusano trepador por
la espalda que, por suerte, hice desaparecer con unas buenas dosis de risa e
ironía.
Eso es algo que no le falta a esta obra, quiero decir, la risa y la ironía. No nació para generar un mito, sino para derribarlo. Cervantes nos dice que el ideal no existe a través de su protagonista, ya lúcido, que habla así en su lecho de muerte: “Perdóname amigo la ocasión que te he dado de caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo" El sentido práctico -nunca dejado de lado totalmente por el hidalgo manchego- le dicta buscar un pueblerino que la siga el juego y tal servicio se convierte en amistad e intercambio de visiones de la vida. Casi nada.
Quién le iba a decir
a Cervantes que no derribaría ningún mito -cosa imposible donde las haya- pero sí
construiría uno: la figura del idealista excéntrico que después inmortalizarían
los poetas románticos. Ya se sabe, en el
espíritu melancólico del romanticismo, nada hay más alto que el fracaso. Byron
resaltaba la profunda tristeza que despide la novela, frente a la risa que
puedan generarse en diversas situaciones.
En el siglo XX hizo
más por su recuerdo el extraño musical “El hombre de la Mancha” que cualquier
otro intento desesperado de mantenerla viva para la gente corriente. Se basó en la idea de que las ilusionas son
las que mueven el mundo: Soñar lo imposible, soñar. -Se dice en la canción más
famosa-. En fin, la obra nos cuenta todo lo
contrario, pero nadie va aquí a defender que sólo hay una lectura correcta de nada. Sería ridículo.
Así que dejemos a un lado el posible mensaje o la
construcción de un sentido para la novela. A veces me han preguntado mis estudiantes qué demonios tiene ese libro para que sea considerado tan
importante. No tiene sentido extenderme ahora con eso. El valor técnico desde
el punto de vista de los hallazgos narrativos, el lenguaje tan amplio y diverso,
con registros y perspectivas encontradas, la imaginación, el valor descriptivo,
la profundidad psicológica, la creación iconos, la visión irónica de la que
antes hablaba… En fin, son inagotables los valores que presenta. En mi caso, me sedujo
y me dejó boquiabierta la capacidad para crear y dar vida a personajes que
hablan de sí mismos como seres reales y como personajes de una historia. Nunca pude olvidar el efecto que me causó escuchar
a Don Quijote , hablar sobre el personaje creado por Avellaneda, uno de los imitadores. “Así sacaré a la
plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echaran de ver las
gentes como yo no soy el Don Quijote que él dice”. Me fascina este juego entre
ficción y realidad porque parece reconocer una cierta sustancia ficticia en la
vida de todo ser humano, que se relata a sí mismo y que es relatado por los
demás. De alguna forma, como resultado de este relato, construye una identidad en constante
transformación, y muchas veces en conflicto. ¿Quién
soy yo? Desde luego no soy ese que dices.
La visión de las mujeres en la obra es interesante. No es ninguna “Celestina” pero sí se sale del camino trillado. Los personajes femeninos son los que son: reales y representativos de distintas clases sociales como la duquesa o la esposa de Sancho, o fruto de la idealización literaria. Dulcinea no es una mujer sino una idea de mujer, una idea que sirve como motor a la construcción de una identidad masculina y como modelo abstracto en la construcción de una identidad femenina. Como imposible, Dulcinea es el rayo de luna del que se enamora Manrique. el melancólico personaje de Bécquer. No nos sirve para nada porque no existe, salvo para constatar esta no existencia y los problemas que nos crea a las mujeres el tener que "competir" con modelos como este. Estos problemas no constituyen un eje en la narración, pero siento que me compensa de ello el personaje de Marcela, la mujer que vive en el monte y quiere, básicamente, que la dejen en paz y que no la molesten más con su belleza y otras pamplinas. Marcela es la mujer real, como lo es Aldonza Lorenzo, la que no se pliega, porque no es posible, a un constructo o a unos deseos extraños a sí misma por completo. Son los hombres los que generan el problema con su incapacidad de aceptar la realidad imperfecta o autónoma de las mujeres, parece decirnos. Cervantes nos presenta en este relato inserto en la primera parte: La novela pastoril de Grisóstomo y Marcela, algunos argumentos comunes en el ideario amoroso masculino reducidos al absurdo, como este:
(…) "Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir «Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo». Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran: que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad;"(…)
Me gustaría cerrar
esta entrada con una referencia a una persona, algo que no suelo hacer. Se trata de Salvador Gutierrez, académico y profesor. que dedicó una de las clases
magistrales más alucinantes a las que he asistido, a la sintaxis, precisamente, del
monólogo de Marcela. A través de ella desveló como las estructuras lingüísticas
construyen el discurso de carácter complejo y dialógico, que está tan presente
en toda la novela. Otro alarde de genialidad del autor.
Acabemos pues. ¿Qué tiene El
Quijote para ser considerado una obra tan importante en el canon literario
mundial? Lo resumiré con una sola palabra: TODO.
