"Esteba Arkadievich era leal consigo mismo. No podía pues, engañarse asegurándose que estaba arrepentido de lo que había hecho. No, imposible arrepentirse de lo que hiciera un hombre como él, de treinta y cuatro años, apuesto y aficionado a las damas; ni de no estar ya enamorado de su mujer, madre de siete hijos, cinco de los cuales vivían, y que tenía sólo un año menos que él. De lo que se arrepentía era de no haber sabido ocultar mejor el caso a su esposa. (...) Creía además, que una mujer agotada, envejecida, ya nada hermosa, sin atractivo particular alguno,buena madre de familia y nada más, debía ser indulgente con él, hasta por equidad. (...) ¡Con lo bien que iba todo, con lo a gusto que vivíamos!"
No cabe duda de que la famosísima novela de Tolstoi no es únicamente un intento de plasmar la desigualdad entre hombres y mujeres y el modo abusivo en el que estos últimos se comportan y construyen un relato rotundamente falso enteramente a su medida, como en cualquier otra relación de poder. En Ana Karenina también se trata el conjunto de la sociedad en relación con las clases sociales y los abusos de los poderosos, la necesidad de cambiar, en general, las reglas del juego y de modernizar el país. El personaje paralelo de Levin, quizá un trasunto del propio autor, es el que representa estos aspectos esenciales en la medida en la que un cambio en las relaciones patriarcales, para el autor, está inserto en una evolución global de una sociedad que consideraba atrasada.
No obstante, Tolstoi está a muchísimos kilómetros de distancia de escribir una novela de carácter simplemente didáctico o político que nos diga cómo hay que ser. En todas sus novelas la psicología de los personajes es fundamental para comprender la evolución de la trama. Desde este punto de vista, al autor le interesa lo disfuncional, no tanto porque quiera que se convierta en funcional, como por el potencial literario que conlleva. En otras palabras, las familias felices, -recordando el glorioso comienzo de la obra- son demasiado parecidas para protagonizar un relato. Lo que nos interesa, lo que nos permite crecer como personas y crear textos interesantes es la insatisfacción y la desgracia. Es una perspectiva cuestionable, pero no cabe duda de que es la predominante en toda la historia de la literatura y de la ficción en general.
Pero, aunque el tema de la desigualdad entre sexos no sea único, si es absolutamente crucial. Comencemos por considerar el título de la novela: Ana Karenina. El autor nos dice: atención, mi novela va a tratar sobre una mujer, ella ha de ser la protagonista del relato, y -esto lo añado yo-, su nombre es el nombre que ha tomado de su marido.
Me gustaría detenerme brevemente en esta cuestión. Pensemos. Nuestra identidad se construye a partir de una superposición de categorías: el género, la nacionalidad, la "raza", la religión, las creencias políticas, las preferencias sexuales, la profesión, la clase social, los grupos de edad... Pero, de todas las construcciones del yo posibles, la que más me ha llamado siempre la atención es la que nace de la construcción del nombre propio. Fijémonos en la cuestión del apellido principal o único. En principio, lo lógico sería tomarlo de la madre, algo así como tomamos en bloque el ADN mitocondrial, pero ocurre más bien al revés. Generación tras generación los hombres van pasándose el apellido unos a otros y diciendo frases como "Nosotros los Fernández" mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo y mi blablablabuelo. Los seres con útero se limitan a la encomiable y laboriosa tarea de engendrar dentro de él a las siguientes generaciones de Fernández. Más llamativo aún es este fenómeno en las sociedades en las que la mujer deja su nombre para tomar el del esposo. Romeo, en la famosísima escena del balcón, le ofrecía a su amada renunciar a su nombre como si esto fuera, para él, un gran asunto. Sin embargo, para las mujeres de medio mundo parece la cosa más normal. Un detalle sin importancia alguna. Incluso, si me apuras, un regalo del ser amado.
Esta construcción de la identidad sobre la de otro la encontramos en el título de la novela Ana Karenina. Todo el argumento de la misma se monta sobre la imposibilidad de Ana de ser ella, de vivir su vida al margen de lo que su marido determine y la sociedad dictamine. Ella es la esposa de Karenin, sus hijos también llevan este nombre, incluso si son engendrados de otro hombre, mientras él no le conceda el divorcio, Ana seguirá siendo Ana Karenina y los hijos engendrados de su vientre serán tan propiedad de su marido como lo era su vientre mismo.
Pero el drama de nuestra bella, inteligente, apasionada y maravillosa Ana no reside sólo en que no puede conseguir el divorcio y dejar de ser Karenin, el drama consiste en que si deja de ser quien ha sido hasta entonces lo será para convertirse en la comparsa de una nueva persona. Pobre Ana, su inteligencia le juega una mala pasada. Ella entiende que todo está perdido. Haga lo que haga parece abocada a pasar de una convención a otra, de una falsedad a otra, de un estado de incertidumbre y dependencia a otro. Y si en su primer matrimonio esta situación le era tolerable pues nadie le había dado unas alas con las que elevarse por encima de la mediocridad, ahora ya no podría soportarlo. Para los demás es Ana Karenina, pero ¿quién es para ella misma?, ¿la madre que ha abandonado a su hijo? ¿la amante que espera con creciente ansiedad que no dejen de amarla? Ana no puede establecer su identidad desde sí misma; no tiene fuerzas para luchar por ella. El miedo, el dolor y la culpa la atenazan como una cuerda alrededor del cuello que finalmente acabará por ahogarla.
