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LA HISTORIA. ELSA MORANTE.

LA DIGNIDAD DE LA PESADUMBRE.  






   La Historia es una novela, pero también es un texto de historia: la historia de Italia, que precede a cada capítulo para decirnos: sí, ocurrió, vivimos esto, en lo que te voy a contar hay una verdad.  

  La protagonista, Ida, es una mujer de ascendencia judía por parte de madre, esta situación ambigua le crea un sentimiento de angustia e incluso culpabilidad. Desde las experiencias vividas por esta insignificante y a la vez poderosa mujer, accedemos al universo enrarecido y brutal de la Italia fascista. Para Ida la vida más bien resulta ser una especie de broma pesada, pero una broma que no deja un resquicio para la contemplación irónica o el alejamiento. El día a día es apremiante y agotador, como lo es siempre para las madres pobres, pero más aún para las perseguidas y acosadas por la maldad y la mala suerte. Ida es un héroe que no quiere ser héroe -y que no puede serlo- y, sin embargo, lo es. Ida no es un Don Quijote que aspira a un identidad heroica imposible, ni su opuesto, el caballero andante, Ida es la valentía misma, el coraje y la fuerza en un cuerpo exhausto que se abre paso contra las fuerzas de la naturaleza y no consigue vencer, porque es imposible. Su fracaso es una certeza matemática, pero su lucha, su resolución ante cada problema, tiene sentido. porque de no tener sentido, deja sin valor alguno toda la vida humana. 

  Elsa Morante como Cesar Vallejo – con cuya cita: “Por el analfabeto a quien escribo” comienza su novela-quiere rendir homenaje al que mantiene en pie toda bondad y toda honestidad por encima de cualquier tragedia y por encima del propio ser, de la propia subsistencia, hasta convertir ese acto en belleza sublime.

  Morante consigue dar una vida autónoma a cada personaje, por breve que sea su papel en la historia que relata, todos ellos son vitales, intensos y tienen una existencia que corre paralela a la propia narración. 

 “Un día de enero de 1941 un soldado alemán caminaba por el barrio de San Lorenzo en Roma. Sabía en total cuatro palabras de italiano, y del mundo sabía poco o nada. De nombre se llamaba Gunther, su apellido nos es desconocido.” 

 "Su apellido nos es desconocido". Los detalles hacen la gran literatura. Ese hombre, el joven sin apellido que viola a Ida, casi como si no fuera consciente de lo que está haciendo, de la gravedad y el horror de su acto, ese joven tiene cuerpo, esencia, verdad. Cada vida está inserta en unas circunstancias y son ellas las que, en gran medida, determinan los actos de los personajes, pero no hay un naturalismo mecanicista en la narración sino una dialéctica continua en la que las decisiones, las propias y las ajenas, incluso la propia naturaleza irrebatible de las cosas, nos conducen hacia un destino, pero en el encaramiento de ese destino tejemos nuestra existencia como sujetos que sufren, y que también escriben, aman, cantan, contemplan... viven. 

   La sensibilidad de Morante es incomparable. Hay momentos en que la sangre se te hiela, y otros en los que el calor te invade como una llama. Recuerdo el momento en el que Useppe y su perra Bella ven un animal muerto, jamás había leído algo que expresara la muerte de un modo similar, ni tan siquiera cercano. No es poesía, es narrativa, pero encierra una intensidad emocional, una belleza y un misterio tan insondable como el mejor poema sobre la muerte. Otro momento impresionante se produce cuando Ida escucha una especie de murmullo y se aproxima a uno de los trenes de transporte de judíos, la fuerza de las imágenes que describe Morante es de una intensidad abrasadora, nos sobrecoge el sentimiento de la protagonista,  No es que la novela te conmueva, es mucho más que eso: te ayuda a comprender el desde y el hasta, el cómo y el por qué, y al comprenderlo, inhalas tristeza, pero también te ablandas por dentro y, de algún modo, te haces mejor, sin pretenderlo nadie, simplemente porque la verdad  misma que nos muestra nos hace más sensibles al dolor humano.

  Morante conectó de manera absoluta con el pueblo italiano, al menos durante el siglo XX no había, al parecer, familia que no tuviera el libro. La novela ayudó a conjurar, de algún modo, el estupor, la vergüenza y el asombro ante el sinsentido de los actos humanos, voluntarios e involuntarios, conscientes o inconscientes, que se sucedían, como en una pesadilla. Sin embargo, la voz narrativa no es, a la manera shakesperiana de La Tempestad, la de un "idiota furioso", que nada significa, es la voz de un misericordioso ángel capaz de sentir compasión por cada error, mezquindad, crueldad, o simplemente caída en el insondable abismo del horror y la mala suerte. Es la voz de quien es capaz de encontrar belleza en cada molécula de la existencia. Es la voz de quien consigue arrancar de las garras del dolor la luz cegadora del amor por la vida, deseosa de sí misma, arrebatada, infinita e inconmensurable. 

 

CRISTINA, HIJA DE LAVRANS. SIGRID UNDSET

 

LA HIJA DE LAVRANS SOY YO. 

   Cuando Cristina mamaba del pecho de su madre la leche se le caía de la boca mientras la mirada se volvía hacia su padre. Esto recuerda la madre, confusa ante una hija cuyo carácter y fuerza la desconciertan. Será otra hija -de un dios menor- la que permita a esta mujer conocer la verdadera sustancia del amor. Así prenderá, también en Cristina, la semilla de una emoción que no alcanzará a comprender hasta el final de sus días, ante un niño que, desde una fosa, protesta porque le han manchado de tierra su trozo de pan. 

  Después de leer esto que acabo de decir, te habrá bastado para imaginarte que no estás ante una novelita de género. Cristina es un ser complejo como lo es la novela en su conjunto. Si hay referencias a mitos y tópicos entretejidos por los pueblos del norte, no es para que nos dejemos arrastrar por ellos, sino porque la vida también se entreteje de sueños, mentiras, fantasías y explicaciones que nos permitan construir un significado a lo que nos ha tocado vivir. 

  Como novela histórica, la autora despliega el mundo interior de su protagonista a través de un espacio geográfico y de un tiempo histórico, extraordinariamente retratado. Nos permite viajar con ella al pasado y entender lo que ya no existe y lo que no puede hacer otra cosa sino permanecer: el flujo de las estaciones y el devenir de las emociones, cómo se van desplegando desde nuestra aparición sorprendente y abrupta, hasta nuestra desaparición. 

   Asistimos a la infancia de Cristina, una niña con un orgullo naciente, un ansia infinita de conocer, de explorar y de vivir. De ser como su padre, tener su fuerza, su honestidad y su valor. Pero los días pasan y otra Cristina se impone. Alguien le dirá entonces: “Los buenos días los disfrutan los razonables, pero los mejores son la recompensa para los que tienen el valor de vivir locamente”  Y así, se va abriendo paso esta nueva Cristina, atravesada por el deseo sexual y la necesidad íntima de oponerse con toda la fuerza de su naturaleza indomable a cualquier género de vida que no sea la que ella decida. 

  Paradójicamente, como ocurre siempre, la libertad conduce también a alguna forma de prisión. Asistimos a la vida de una Cristina que ya es una mujer, un ser abrumado por las responsabilidades, por el dolor de la pérdida, la culpa, los partos, las decepciones; una persona que entiende los límites de las elecciones frente a las imposiciones de la vida y el precio que hay que pagar por cada decisión. Y así Cristina sigue viviendo, verano tras verano, invierno tras invierno, hasta llegar al invierno de su propia existencia, ese invierno al que nunca seguirá la primavera. Y es entonces cuando tiene que encontrar el fin último, el sentido y la verdad. 


    Para la autora la identidad como "hija de" es un punto de partida para construir un personaje nacido, paradójicamente,  para representar a la humanidad en su conjunto. Cristina es un ser humano con un cordón umbilical que la ata y contra el que se define sin éxito.

Como Don Quijote, es un hombre de La Mancha, Ana Karenina, es la esposa de Karénin,  o Hamlet, es el hijo del rey Hamlet, el origen de su identidad desata un permanente conflicto. Sus emociones, su lucha interior nos representa. Sus decepciones, sus ilusiones y sus miedos son los nuestros. 

  Cristina, hija de Lavras, es hija de Sigrid Undset, la mujer que comprendió el peligro del nazismo cuando su entorno no lo comprendía -o no quería comprenderlo- Es suya porque es ella misma, como también lo es mía y es parte de mi misma, sin ser noruega, ni cristiana, ni vivir en la Edad Media. No importa, porque la gran literatura nos pone delante de un espejo que atraviesa la barrera del tiempo y del espacio, porque Cristina, la hija de Lavras, también soy yo.

DON QUIJOTE DE LA MANCHA. CERVANTES.

 

 CUANDO MÁS ES MÁS.


 

  ¿Cuántas personas han leído, realmente, El Quijote en España? Me atrevería a decir que muy pocas. Y, sin embargo, cuando, hace unos meses, escuché a un chico joven decirle a su amiga que le habían mandado leer un libro que se llamaba “El Quijote”… en fin, reconozco que me asusté un poco, porque en mi mente nombrar este libro como si fuera algo poco relevante o desconocido era el epítome de la ignorancia -Una cosa es no haber leído, pongamos por caso, La Odisea, o El Corán y otra bien distinta es no saber qué es- Por eso sentí una especie de gusano trepador por la espalda que, por suerte, hice desaparecer con unas buenas dosis de risa e ironía.

  Eso es algo que no le falta a esta obra, quiero decir, la risa y la ironía.  No nació para generar un mito, sino para derribarlo. Cervantes nos dice que el ideal no existe a través de su protagonista, ya lúcido, que habla así en su lecho de muerte: “Perdóname amigo la ocasión que te he dado de caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo" El sentido práctico -nunca dejado de lado totalmente por el hidalgo manchego- le dicta buscar un pueblerino que la siga el juego y tal servicio se convierte en amistad e intercambio de visiones de la vida. Casi nada.


 Quién le iba a decir a Cervantes que no derribaría ningún mito -cosa imposible donde las haya- pero sí construiría uno: la figura del idealista excéntrico que después inmortalizarían los poetas románticos.  Ya se sabe, en el espíritu melancólico del romanticismo, nada hay más alto que el fracaso. Byron resaltaba la profunda tristeza que despide la novela, frente a la risa que puedan generarse en diversas situaciones.

  En el siglo XX hizo más por su recuerdo el extraño musical “El hombre de la Mancha” que cualquier otro intento desesperado de mantenerla viva para la gente corriente.  Se basó en la idea de que las ilusionas son las que mueven el mundo: Soñar lo imposible, soñar. -Se dice en la canción más famosa-.  En fin, la obra nos cuenta todo lo contrario, pero nadie va aquí a defender que sólo hay una lectura correcta de nada. Sería ridículo. 

   Así que dejemos a un lado el posible mensaje o la construcción de un sentido para la novela.  A veces me han preguntado mis estudiantes qué demonios tiene ese libro para que sea considerado tan importante. No tiene sentido extenderme ahora con eso. El valor técnico desde el punto de vista de los hallazgos narrativos, el lenguaje tan amplio y diverso, con registros y perspectivas encontradas, la imaginación, el valor descriptivo, la profundidad psicológica, la creación iconos, la visión irónica de la que antes hablaba… En fin, son inagotables los valores que presenta. En mi caso, me sedujo y me dejó boquiabierta la capacidad para crear y dar vida a personajes que hablan de sí mismos como seres reales y como personajes de una historia.  Nunca pude olvidar el efecto que me causó escuchar a Don Quijote , hablar sobre el personaje creado por Avellaneda, uno de los imitadores.  “Así sacaré a la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echaran de ver las gentes como yo no soy el Don Quijote que él dice”. Me fascina este juego entre ficción y realidad porque parece reconocer una cierta sustancia ficticia en la vida de todo ser humano, que se relata a sí mismo y que es relatado por los demás. De alguna forma, como resultado de este relato, construye una identidad en constante transformación, y muchas veces en conflicto. ¿Quién soy yo? Desde luego no soy ese que dices.

 


  La visión de las mujeres en la obra es interesante.  No es ninguna “Celestina” pero sí se sale del camino trillado.  Los personajes femeninos son los que son: reales y representativos de distintas clases sociales como la duquesa o la esposa de Sancho, o fruto de la idealización literaria. Dulcinea no es una mujer sino una idea de mujer, una idea que sirve como motor a la construcción de una identidad masculina y como modelo abstracto en la construcción de una identidad femenina. Como imposible, Dulcinea es el rayo de luna del que se enamora Manrique. el melancólico personaje de Bécquer. No nos sirve para nada porque no existe, salvo para constatar esta no existencia y el problema que nos crea a las mujeres el tener que "competir" con modelos como este. Estos problemas no constituyen un eje en la narración, pero siento que me compensa de ello el personaje de Marcela, la mujer que vive en el monte y quiere, básicamente, que la dejen en paz y que no la molesten más con su belleza y otras pamplinas. Marcela es la mujer real, como lo es Aldonza Lorenzo, la que no se pliega, porque no es posible, a un constructo o a unos deseos extraños a sí misma por completo. Son los hombres los que generan el problema con su incapacidad de aceptar la realidad imperfecta o autónoma de las mujeres, parece decirnos. Cervantes nos presenta en este relato inserto en la primera parte: La novela pastoril de Grisóstomo y Marcela,  algunos argumentos comunes en el ideario amoroso masculino reducidos al absurdo, como este:

(…) "Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir «Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo». Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran: que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad;"(…)



  Me gustaría cerrar esta entrada con una referencia a una persona, algo que no suelo hacer. Se trata de Salvador Gutierrez, académico y profesor. que dedicó una de las clases magistrales más alucinantes a las que he asistido, a la sintaxis, precisamente, del monólogo de Marcela. A través de ella desveló como las estructuras lingüísticas construyen el discurso de carácter complejo y dialógico, que está tan presente en toda la novela. Otro alarde de genialidad del autor. 

   Acabemos pues. ¿Qué tiene El Quijote para ser considerado una obra tan importante en el canon literario mundial? Lo resumiré con una sola palabra: TODO.

 

EL ANCHO MAR DE LOS SARGAZOS. JEAN RHYS.

¿QUE FUE DE LA LOCA DE LA CASA?  

  Pero no, el enemigo es otro, sobre todo el enemigo es la idealización de ti misma que tú te has creído y que esperan que se sostenga en el tiempo. El enemigo es el desengaño al descubrir que no eres nadie si ya no despiertas interés o deseo, al menos nadie a quien poder amar como tú pensaste que merecías ser amada. El enemigo es sobre todo la dependencia, la falta total de poder a la que te ves sumido cuando vives tu vida como un esclavo. Así que llega el miedo, la soledad, la desesperación o la resignación, en el mejor de los casos. En el peor, la muerte, la locura, la aniquilación completa.



   "El ancho mar de los sargazos" es una novela escrita para reconstruir la visión del mundo creada por Jane Eyre, de Charlotte Brontë.  La novela decimonónica es un homenaje a la mujer que quiere ser sincera y encontrar el amor en la verdad, respetándose a sí misma. Y es un avance, sin lugar a dudas, un avance que, además refleja el esfuerzo mismo hecho por su autora en la misma dirección, la de abrirse paso en el mundo, encontrar una identidad propia, hacer uso de sus capacidades intelectuales y vivir de ellas. Sin embargo, la autora reconoce en la novela la dificultad de crear esta misma independencia puesto que la protagonista, como tantas otras, termina por encontrarse a sí misma a través del matrimonio, de un matrimonio conveniente, eso sí (por mucho que venga rodeado de toda la parafernalia propia de los constructos del romanticismo) Una vez más, hace falta valor para pensar de manera diferente y decir: un momento, ¿hay algo aquí que nos rechina? 



  Sin afán de fastidiar la fiesta, ¿quién era esa loca que estaba encerrada y por qué? Jean Rhys es la mujer valiente que se atreve a releer a sus predecesoras, también valientes, y decir qué es lo que no pudieron o no quisieron ver. 

 La clase social no siempre es un trampolín del que caes de pie. Si eres mujer, tu dependencia del hombre seguirá existiendo tanto si utilizas la clase y el poder de tu esposo, como si es él el que utiliza tu nombre y posición para construirse una, y de paso anularte en el camino. 

  El Ancho mar de los Sargazos rebusca ahí, en el pasado de esa loca peligrosa que impide a la protagonista poder realizar su sueño de casarse con el hombre amado y admirado, el hombre que sin duda merece, y que es su igual o como tal lo reconoce. ¡Ay, de la que no tuvo semejante oportunidad! La otra, la que te antecede, quizá la exesposa, la madre propia o la de la pareja, la amante o la esposa misma, si la amante eres tú. La monja, la puta, la vecina de arriba enseñando las jodidas piernas mejores que las tuyas, la blanca repugnante, o la negra asquerosa de mierda -qué se habrá creído que es mejor que tú- La que lleva el velo o la que no lo lleva -qué vergüenza- Ahí están los enemigos, los obstáculos, las injusticias a las que hay que ceñirse. En las otras mujeres.

    La autora nos recuerda que hay un ancho, largo, profundo y tortuoso mar lleno de algas que pueden atraparte, y enredarte hasta hundirte sin remedio. La autora, desde la lucidez de su mirada, nos recuerda que los pájaros sin alas sucumben al fuego sin remedio y que la naturaleza que se enardece dentro del cuerpo de las mujeres puede ser un yugo y una trampa. En esta trampa caerá Berta y la pérdida de su mundo, de su ser, de su sentido sólo podrá conducirle, como a tantas otras Bertas a la total indefensión, a la pérdida de la libertad más absoluta que es la pérdida de la razón y de la identidad para disolverse en una nada creada por y para otras personas. Es una obra dura, como lo fue escribirla para la autora. Merece la pena buscar información sobre este proceso. 

   Así llegamos a comprender a Berta, a escuchar su voz y la de las que sucumbieron de manera terrible a la pérdida de la razón. En acto final, que enlaza la historia con su precedente, reconstruye el relato y nos deja un regusto amargo y, al mismo tiempo, una sensación de que se ha hecho justicia, simplemente porque hemos conocido el sentido detrás del acto y hemos comprendido que el ser humano que está oculto pudo haber tenido una vida distinta, y un final distinto, un final que no sirviera de “atrezzo” para el romance misterioso y fascinante que nos ha conmovido durante dos siglos.

 


LA NOVELA DE GENJI. MURASAKI SHIKIBU.

                                              LA IMPOSIBLE ETERNIDAD. 




"Hoy no estoy triste

por persona alguna, ni muerta ni viva.

Me turba el mundo impermanente

como las gotas de rocío en la hierba"

 - Palabras extraídas de un poema de la obra-

 









  No he viajado nunca a Japón, pero con Murasaki, de algún modo, he conseguido visitarlo. Adentrarme en las casas, pasear por los jardines y recorrer ruinas, cementerios o monasterios bajo la luz de la luna, como en una novela gótica. Y es que la novela de Genji es un poco gótica, pero también es romántica, decimonónica, caballeresca, lírica, psicológica, clásica, moderna y posmoderna. Todos ello a la vez. Podría pensarse que eso no es ningún mérito. La cosa cambia cuando se aclara que está escrita en el siglo XI, y que, por tanto, se adelantó a todas estas visiones del arte literario en cientos de años.

   Nadie ha escrito algo así en un momento tan lejano de la historia. Nadie. Por eso este libro es una especie de milagro. Sabemos las fuentes chinas de las que bebió la cultísima escritora, en la poesía, el relato breve, la epístola y la biografía; pero es difícil comprender qué genialidad creativa llevó a esta mujer a construir algo tan enteramente distinto de todo ello, sintetizarlo y construir una obra enteramente original y adelantada a su tiempo de una manera tan asombrosa. Es difícil saber qué poder, qué fuerza interior o qué experiencia humana pudo lograr que llegase a penetrar de tal modo en las sensibilidades de los hombres y conducir el interés de sus lectoras y lectores hacia eso que se ha llamado a veces “la guerra de los sexos” y que ella acierta a mostrar desde la mente de los personajes como una guerra interna, la guerra en la que se debaten las mujeres en un duelo constante contra sí mismas, y la guerra en la que los hombres luchan a favor o en contra de sus impulsos físicos, impulsos  que subliman o desprecian, según el caso, proyectándolos en las propias mujeres. Es asombrosa la manera en la que la escritora consiguió, me atrevo a decir que por primera vez en la historia, plasmar esta dialéctica tan compleja. Centrarse en una cultura tan codificada y en un ambiente tan selecto permitió a Murasaki alcanzar este logro de un modo puro, librando a los personajes de las otras luchas y centrándolos en ese ambiente pacífico y cortesano, de apariencia banal y tranquila, que sin embargo esconde dolor, humillación, soledad y muerte.


  Murasaki nos sumerge en un Japón tan subyugante como se representa en la elegancia, la belleza y las maneras de su protagonista. Nos arrastra, nos confunde y nos enamora como él hace con las mujeres que seduce o fuerza. Pero Gengi no es un Don Juan, ni la novela se asemeja a ninguno de los eslabones que han compuesto esta serie en la literatura occidental. Gengi es una persona y no un arquetipo, y desde su condición humana, profundamente anclada en la verdad de su época y en la intensidad de su temperamento, nos permite acceder al mundo femenino que él imagina, siente y vive, y contrastarlo con el que la autora nos muestra a través de las mujeres cuyas vidas relata.  Murasaki nos invade con las emociones de estas mujeres, sin más don que el atractivo envenenado de una belleza, una elegancia o una exquisitez exentas de verdadero poder.  

   Por su extensión y su ambiciosa representación de un mundo tremendamente  vivo, la obra puede compararse con grandes monumentos de la narrativa coral occidental, como “La comedia humana” o “En busca del tiempo perdido” y tiene en común con ellas el poder para reflejar la distancia entre el ser, el querer ser y el aparentar, pero ninguna de estas obras nos representa a las mujeres,  desde nuestras propias almas.

   Desde el punto de vista técnico, literario propiamente, también asombra la capacidad de la autora para anticipar lo que la crítica ha dado en llamar metaliteratura.

  Dice Murasaki: Hubiera querido pasar por alto las tribulaciones de Genji, si al fin las he incorporado, es porque algunas damas y caballeros criticaban mi relato por parecer inventado”

  Este comentario justifica la plasmación del sentimiento de culpa, que embarga constantemente al protagonista, desde una crítica externa fundada en el deseo de exponerse a la verdad.  Y es que la verdad trastoca la invención en algo de más valor, pues nos acerca al autoconocimiento y a la visión crítica del mundo como harán muchísimo después nuestros Fernando de Rojas, Cervantes o Galdós.

  Por otra parte, los bellísimos poemas breves, tomados de la tradición china, sirven a Genji, y a las distintas mujeres con las que despliega sus artes de seducción, para crear ese universo paralelo idealizado desde el que se sublima todo: el aburrimiento, la soledad, la “insoportable levedad del ser”  el deseo de morir…

  Como en Las amistades peligrosas, el ocio infinito, la vida resuelta, empujan a los personajes al juego del amor y es necesario crear un teatro en el que se represente. La voz de unos de los personajes femeninos más importantes de la novela dice, en público, que entiende y no teme a la mujer que ha llegado a la casa para terminar por suplantarla: Estoy tan contenta de que haya venido la princesita, a veces temía que mi marido empezara a aburrirse.” Después, la voz narrativa  profundiza en las contradicciones internas del personaje: “No tenía sentido atormentarse por hechos que no podía cambiar.  Aunque, más tarde, empezó a pensar en los años de exilio de Genji y deseó que volviera a estar lejos, y luego, empezó a desear su propia muerte, seguida de cerca de la de él y se horrorizó con su pensamiento”

  La riqueza y el lujo pueden parecernos un consuelo frente a la vida mísera de la mujer apartada de su puesto en el lecho conyugal, o de la que carece de dicho lecho siendo este un lugar de tránsito obligado, pero a través de Murasaki observamos como el tiempo para pensar, para “contemplar el propio estado” envenenan la conciencia más de lo que pudiera hacerlo la humillación encubierta por capas y capas de ocupaciones, problemas o formas de lucha por la supervivencia. En una mente sensible, la riqueza enfatiza la magnificencia del autoengaño y la coloca en el centro de una vida, que ya pierde todo sentido.

    Quiero terminar esta crítica resaltando el hecho de que La historia de Genji es una narración extensísima, tan ambiciosa como sus sucesoras chinas “El romance de los tres reinos” o “El sueño del pabellón rojo” y se despliega en dos partes: “Esplendor” y “Decadencia”. Me he referido sobre todo a esta primera parte, sin embargo, en imprescindible atender a la segunda y la forma en la que todo lo relatado en la primera se modula, reinterpreta y se trasciende en la segunda. La espiritualidad adquiere un tono aún más lúgubre y la autora se adentra en el sentido budista de la vida y contrasta la exaltación de la belleza, el poder y lo transitorio con otras formas de existir y de ser que puedan dotar de paz y de significado un alma perdida o rota.

  Lo que falta a otras obras que he ido citando y que te dejan con la sensación de que nada tiene sentido, lo encuentras en esta grandiosa y fascinante novela. Al terminar la segunda parte, cada gesto, cada lágrima y cada palabra quedan encerrados en una burbuja, y sostenidos en la palma de la mano de la autora por toda nuestra imposible eternidad.


                       Escultura dedicada a Murasaki en Uji, en la prefectura de Kioto.