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ORLANDO, SER O NO SER HOMBRE. ESA ES LA CUESTIÓN.

 

  He vuelto a Orlando en varias ocasiones. En todas ellas la novela me ha deslumbrado, y después de todas ellas, he sido incapaz de recordar lo que sucedía. Y es que la densidad de la novelística de Woolf alcanza en esta obra la dimensión de un ensayo profundo sobre la condición humana y alcanza también, como todas las novelas de la autora y en especial, Entreactos, dimensiones de excelsa poesía. Y es esta densidad filosófica y lírica la que nos impide recordar con facilidad los elementos narrativos, la anécdota, que en sí misma, no es más que una construcción desde la cual poder reflexionar y crear arte con las palabras.

 


  En la novela, seguimos las experiencias vitales de un ser humano, Orlando, como hombre y como mujer, tratando de comprenderle desde sus circunstancias, desde su conciencia y desde las determinaciones que la propia autora ha creado para el personaje a partir de las observadas en la realidad. 

 

  Ahora bien, la anécdota no es una historia banal, un lugar común o una secuencia de sucesos de trasfondo político, religioso o amoroso. La anécdota parte de una intuición, de una respiración, de una suposición imaginativa desde la cual poder hundirse en realidades trascendentes o paralelas, al modo en que sólo Woolf puede conseguirlo. Podríamos decir que la autora trasciende la realidad en tres niveles.

 

  En primer lugar, el de la crítica social a la burguesía, a la instrumentalización del arte y a la necedad de ciertos intelectuales y artistas con los que está acostumbrada a relacionarse. En este nivel, encontramos la crítica a la figura del “poeta gorrón”, el escritor narcisista, al mismo tiempo que necio, que tiene el atrevimiento de poner de vuelta y media todos los poetas del pasado y presentarse a sí mismo como el emblema de la nueva luz, de la nueva poesía. La que sirve, la de verdad. ” Se atrevió a abordar el sagrado tema de la poesía. A la primera palabra los ojos del poeta chispearon, olvidó sus afecciones caballerescas, golpeó la mesa con el vaso y se embarcó en la más larga, más intrincada, más apresurada y más amarga historia que Orlando había escuchado en su vida (salvo de labios de una mujer despechada) sobre una comedia suya, otro poeta y un crítico. De la naturaleza de la poesía, Orlando sólo sacó en limpio que era de venta más difícil que la prosa y que su fabricación llevaba más tiempo, aunque eran más cortas las líneas (…) sólo había vendido quinientos ejemplares de su obra, pero claro, eso se debió en parte a una conspiración de los envidiosos. En Inglaterra había muerto el arte de la poesía

 

  En segundo lugar, la crítica se desplaza hacia la cuestión del género, de los condicionamientos femeninos, siempre insertada en la construcción imaginativa que ha creado para sus reflexiones.

Orlado se había convertido en una mujer -inútil negarlo. Pero, en todo lo demás, Orlando era el mismo. El cambio de sexo modificaba su porvenir, no su identidad. (…) Orlando era una mujer, y al escribir la vida de una mujer podemos, ya se sabe, sustituir las exigencias de la acción por las del amor. El amor, lo ha dicho el poeta, es toda la vida de la mujer, basta echar un vistazo a Orlando escribiendo en su mesa, (…) una mujer hermosa, una mujer en su plenitud; pronto abandonará este simulacro de escribir y pensar y pensará en un guardabosques”

 

 Me llama la atención, en estas líneas que he seleccionado, el uso del sarcasmo, siempre tan agudo en la autora, la referencia a los tópicos literarios de la mujer despechada y del guardaespaldas. Por otra parte, ¡qué reveladoras las primeras palabras sobre la identidad en el momento actual! La modificación del porvenir, de las expectativas, del sentido de la vida diseñado socialmente de formas diferentes para hombre y mujeres. ¡Qué adelantada a su tiempo resulta la novela!  Llama la atención cómo permite contrastar una visión feminista y de vanguardia artística, frente a las múltiples visiones actuales que abordan los temas de la identidad sexual cambiante o indefinida de formas tan banales, a mi juicio.

 

 Finalmente, en tercer lugar, nos encontramos con la trascendencia, la que sólo encuentra la autora a través de la fusión con la naturaleza, una naturaleza absorbente que desdibuja los límites del ego hasta convertir al ser en un esbozo de sí mismo que queda fundido en el esbozo general de todo lo vivo y de todo lo cambiante. “Una sola pluma tembló en el aire y cayó en mitad del estanque. Entonces la arrebató un extraño éxtasis. Tuvo un desatinado impulso de seguir a los pájaros hasta el borde del mundo, o de arrojarse en el musgo esponjoso y beber el olvido, mientras la risa ronca de los grajos resonaba en lo alto. Apuró el paso, corrió; tropezó; las ásperas raíces de la maleza la tiraban al suelo. Se había roto el tobillo. No se podía levantar. Pero ahí se quedó tirada, feliz. He dado con mi compañero, murmuró, es el campo”

 

  Ojalá el campo hubiera podido ser un compañero suficiente para la autora, y ojalá esa fusión la hubiera ayudado a superar la angustia en la que vivía y que se refleja de manera constante en sus novelas. En todo caso, en el momento actual de mi vida, siento que esa fusión con la naturaleza es lo que me aleja más de la sensación de estar perdida y las palabras de Woolf me interpelan, y reinterpretan mis percepciones y mi vida.  Me permiten comprender esa sensación, de comunión con otro ser humano. Ese es el gran poder de la literatura, y ese es el legado incuestionable, indestructible de su creación artística.


Tilda Swinton en la adaptación cinematográfica de la novela.