LA DIGNIDAD DE LA PESADUMBRE.
La Historia es una novela, pero también es un texto de historia: la historia de Italia,
que precede a cada capítulo para decirnos: sí, ocurrió, vivimos esto, en lo que te voy a contar hay una verdad.
La protagonista, Ida, es una mujer de ascendencia judía por parte de madre, esta situación ambigua le crea un sentimiento de angustia e incluso culpabilidad. Desde las experiencias vividas por esta insignificante y a la vez
poderosa mujer, accedemos al universo enrarecido y brutal de la Italia fascista.
Para Ida la vida más bien resulta ser una especie de broma pesada, pero una
broma que no deja un resquicio para la contemplación irónica o el alejamiento. El
día a día es apremiante y agotador, como lo es siempre para las madres pobres,
pero más aún para las perseguidas y acosadas por la maldad y la mala suerte. Ida es un héroe que no quiere ser héroe -y que no puede serlo- y, sin embargo, lo es. Ida no es un Don Quijote que aspira a un identidad heroica imposible, ni su opuesto, el caballero andante, Ida es la valentía misma, el coraje y la fuerza en un cuerpo exhausto que se abre paso contra las fuerzas de la naturaleza y no consigue vencer, porque es imposible. Su fracaso es una certeza matemática, pero su lucha, su resolución ante cada problema, tiene sentido. porque de no tener sentido, deja sin valor alguno toda la vida humana.
Elsa Morante como Cesar Vallejo – con cuya cita: “Por el analfabeto a quien
escribo” comienza su novela-quiere rendir homenaje al que mantiene en pie toda
bondad y toda honestidad por encima de cualquier tragedia y por encima del
propio ser, de la propia subsistencia, hasta convertir ese acto en belleza
sublime.
Morante consigue dar una vida autónoma a cada personaje, por breve que sea su papel en la historia que relata, todos ellos son vitales, intensos y tienen una existencia que corre paralela a la propia narración.
“Un día de enero de 1941 un soldado alemán caminaba por el barrio de San Lorenzo en Roma. Sabía en total cuatro palabras de italiano, y del mundo sabía poco o nada. De nombre se llamaba Gunther, su apellido nos es desconocido.”
"Su apellido nos es desconocido". Los detalles hacen la gran literatura. Ese hombre, el joven sin apellido que viola a Ida, casi como si no fuera consciente de lo que está haciendo, de la gravedad y el horror de su acto, ese joven tiene cuerpo, esencia, verdad. Cada vida está inserta en unas circunstancias y son ellas las que, en gran medida, determinan los actos de los personajes, pero no hay un naturalismo mecanicista en la narración sino una dialéctica continua en la que las decisiones, las propias y las ajenas, incluso la propia naturaleza irrebatible de las cosas, nos conducen hacia un destino, pero en el encaramiento de ese destino tejemos nuestra existencia como sujetos que sufren, y que también escriben, aman, cantan, contemplan... viven.
La sensibilidad de Morante es incomparable. Hay momentos en que la sangre se te hiela, y otros en los que el calor te invade como una llama. Recuerdo el momento en el que Useppe y su perra Bella ven un animal muerto, jamás había leído algo que expresara la muerte de un modo similar, ni tan siquiera cercano. No es poesía, es narrativa, pero encierra una intensidad emocional, una belleza y un misterio tan insondable como el mejor poema sobre la muerte. Otro momento impresionante se produce cuando Ida escucha una especie de murmullo y se aproxima a uno de los trenes de transporte de judíos, la fuerza de las imágenes que describe Morante es de una intensidad abrasadora, nos sobrecoge el sentimiento de la protagonista, No es que la novela te conmueva, es mucho más que eso: te ayuda a comprender el desde y el hasta, el cómo y el por qué, y al comprenderlo, inhalas tristeza, pero también te ablandas por dentro y, de algún modo, te haces mejor, sin pretenderlo nadie, simplemente porque la verdad misma que nos muestra nos hace más sensibles al dolor humano.
Morante conectó de manera absoluta con el pueblo italiano, al menos
durante el siglo XX no había, al parecer, familia que no tuviera el libro. La
novela ayudó a conjurar, de algún modo, el estupor, la vergüenza y el asombro
ante el sinsentido de los actos humanos, voluntarios e involuntarios,
conscientes o inconscientes, que se sucedían, como en una pesadilla. Sin
embargo, la voz narrativa no es, a la manera shakesperiana de La Tempestad, la de un "idiota
furioso", que nada significa, es la voz de un misericordioso ángel capaz de
sentir compasión por cada error, mezquindad, crueldad, o simplemente caída en
el insondable abismo del horror y la mala suerte. Es la voz de quien es capaz
de encontrar belleza en cada molécula de la existencia. Es la voz de quien
consigue arrancar de las garras del dolor la luz cegadora del amor por la vida,
deseosa de sí misma, arrebatada, infinita e inconmensurable.
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