MÁS ALLÁ DE
TI.
La Quimera es una novela tradicional, en el sentido de que el protagonista experimenta un recorrido vivencial y una transformación a lo largo del mismo, y es también una novela filosófica, porque en ella encontramos el germen de la narrativa ensayística que se desarrollaría en España con la llamada Generación del 98. Podemos decir que, una vez más, Pardo Bazán está abriendo camino a través de su obra, como había hecho al introducir en el país el naturalismo y al escribir la primera novela obrera español -La Tribuna-
La vasta cultura de la autora nos permite adentrarnos, de una forma sencilla, en la filosofía alemana que ella misma había traído al país, sobre todo de Schopenhauer. Y si esto fuera poco, nos conduce también por el sendero de uno de los mitos griegos más influyentes en la cultura occidental: el monstruo de La Quimera. Comienza su novela así, con un diálogo teatral -que había escrito para un encargo- en el que desarrolla un diálogo a partir de este mito, al estilo del teatro clásico griego.
Cuando empiezas a leer no sabes a qué atenerte. ¿Qué es esto? ¿De qué nos va hablar? ¿Cómo enfocará un tema tan trillado como obtuso?
Partimos de un asunto que podría parecer banal: las aspiraciones de un pintor a convertirse, en un artista importante, de renombre. Pero el tema se vuelve más profundo cuando comprendemos que nuestro protagonista, Silvio Lago, no busca la fama en sí, sino ser un vehículo de arte de verdad, de la esencia misma del arte. Y aquí es donde empieza la filosofía y queda atrás la narración. ¿Qué sentido tiene para el mundo, para los humanos la existencia del arte? ¿Qué es el arte? ¿Qué visión de nosotros, como humanos, podemos tener cuando aspiramos a crear ideas, objetos, o procesos artísticos?
Dos hombres pasean interminablemente por un museo discutiendo si Rubens aventaja o no a Van Dyck. Contemplan cuadros de muchos estilos y autores, y en un momento dado, se paran ante la imagen de una mujer que está cociendo parte de su bebé y estrechando contra sí el resto. ¿Qué opina usted, esto es arte? , pregunta uno de ellos.
Pardo Bazán, en realidad, no nos responde. Esa pregunta ya se hizo, cuando el naturalismo se atrevió a mostrar lo que no se podía o no se debía mostrar y a defender su sentido artístico. Esa pregunta ya la había respondido Goya. A la escritora le interesan otras preguntas. Comprende las frivolidades, las banalidades de los egos y juega con todo esto en la novela y fuera de ella, cuando responde a las acuciantes preguntas sobre las personas reales en las que ha podido basar su relato, pero no es esto lo que le interesa. Para la autora de La madre Naturaleza, lo que importa es escarbar. Pardo Bazán escarba bajo las apariencias y encuentra bultos… “sobre el nítido torso había divisado Silvio algo horrendo, una informa elevación voltosa y rugosa como la piel de un paquidermo” Detrás de una apariencia se esconde una verdad. La verdad puede ser una debilidad oculta, una cicatriz, una contradicción entre la representación de la realidad y la vivencia de la misma.
El protagonista de La Quimera no sabe vivir como bohemio, ni como burgués. No sabe, y para poder pintar hay que vivir. Se arrastra por los intereses de otras voluntades y construye una representación, la de su vida, que no se corresponde en absoluto con el ideal al que su mente aspira. Y lo peor es que lo sabe, tampoco es capaz de construir un autoengaño. No es capaz de crear un personaje que se ajuste mínimamente a sus aspiraciones, ni tampoco de conformarse con la mediocridad de una vida relativamente segura y tranquila. No es capaz de construir una mentira con otro ser humano, una mujer, que alimente su "sueño" -como nos gusta llamarlo ahora- a través de la suya. Silvio va detrás de una quimera y no consigue apagar el fuego, el ansia que le devora, echarle plomo por la boca y acallarla. Se abrasa en ese deseo imposible, más grande que sí mismo, se destruye en aras de una visión cegadora. ¡Qué paradoja para un pintor!
.jpg)

