LA FICCION QUE SE DESNUDA ANTE SÍ MISMA.
"Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un
telegrama del asilo: —Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas
condolencias—Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer".
Arthur Meursault es todo lo contrario del replicante de Blade Runner, que asienta su humanidad en dos emociones básicas: la valoración del propio ser individual, y el deseo de supervivencia. Por contraste, el protagonista de la novela de Camus parece carecer de ambos impulsos. Es como si se viera a sí mismo desde fuera, como si pudiera mirarlo todo, incluido su ser, de un modo analítico, y lo más parecido a las emociones fueran conductas reflejas que es interesante explicar (al menos escuchar cómo son interpretadas o explicadas por otros...) "Aun en el banquillo de los acusados es siempre interesante oír hablar de uno mismo", dice.
¿Quién es este ser que parece no formar parte de nuestro pueblo, de nuestra especie? Un individuo que está fuera, que, según dice el autor: "busca una luz carente de sombra", una verdad libre de toda recreación explicativa o justificativa. Su protagonista es un ser inquietante. Su total ausencia de simpatía lo convierte a nuestros ojos en un ser antipático, desagradable, oscuro e incomprensible. Pero su ser es el que es. Nuestra incapacidad de aceptar esta realidad, nuestro rechazo de su existencia, le parece al autor una muestra más de nuestra hipócrita visión de la naturaleza humana.
La novela es magistral, eso no lo niega nadie, aunque tengo que reconocer que me ha inquietado siempre cómo se presentan en ella dos cuestiones gravemente problemáticas: la violencia contra las mujeres y el colonialismo. En su descargo, hay que decir que es una novela narrada en primera persona y resultaría incoherente una perspectiva distinta a la que el libro mantiene en todo momento, gélida, como una bocanada de aire polar. Pero no es solo eso, me inquietan las explicaciones que, en diversas ocasiones, ofreció el autor sobre su impactante novela. Me parece que detrás de ellas hay una cierta misantropía, una visión del ser humana que explica por qué Camus llegó a afirmar que su protagonista es "el único Cristo que merecemos". Sería cuando menos extraño que las explicaciones de una novela como esta fueran reconfortantes y tranquilizadoras. ¿No es cierto? Aún así, inquietan, descolocan, desagradan tanto como el protagonista mismo.
Pues bien, lleguemos al meollo de la cuestión: "No somos nada", como diría cualquiera en un velatorio en el que el muerto es de otro. Y para el protagonista el muerto siempre es de otro, incluso si se trata de sí mismo. Ante la condena, reacciona exactamente como lo hizo ante la muerte de su madre en el comienzo del libro. "Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida".
Quizá este es el sentido mismo del libro: una reflexión sobra la falta de esencia real de la vida individual más allá del relato que nos creamos sobre ella. La verdad terrible. Y por eso nos aleja de la ficción máxima que supone la invención de una imitación de la vida, como los replicantes de Blade Runner, buscando una escapatoria para no desaparecer, como la voz de una inteligencia artificial diciéndonos: "¡Cuánto lo siento!" "Espero que irá bien, aquí estoy cuando me necesites" "Lo has hecho fenomenal" etcétera.
Ficciones basadas en otra ficción: la nuestra.
