¿Te gusta leer?

¿Te gusta leer?

LA REGENTA. LEOPOLDO ALAS. “CLARÍN”

 


 ALICIA EN EL PAÍS DE LA SORDIDEZ.



 “Un sapo en cuclillas miraba a la Regenta, encaramado en una raíz gruesa que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su vestido.  Dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones”

  ¿Qué pensaría Ana Ozores si viera su escultura frente a la catedral de Oviedo?  Es cierto que no puede pensar nada, puesto que no existe, pero la imaginación nos permite sostener esta idea que, seguramente, a su creador le parecería interesante… su personaje convertido en un icono turístico para la ciudad que ha denostado. El comercio siempre sabe hacer uso de todo. De hecho, la crítica durísima de la novela por parte de la Iglesia —que se ve vilipendiada especialmente— calificándola como. “satánica, impía e inmoral” sirvió a los editores para catapultar de manera decisiva la segunda parte, y poner a la venta una edición de lujo destinada, paradojas de la vida, a las clases pudientes retratadas en el libro.

 La expectativa antes de la publicación debió de ser máxima, pensemos que Clarín llevaba diez años ejerciendo como crítico literario, y no muy benevolente. Hacía falta valor para lanzarse a la publicación de una novela, más aún una novela como esta, de un atrevimiento y una osadía, me atrevería a decir, que casi inauditas en España. Si bien el naturalismo, introducido por Pardo Bazán, no era una novedad, la dureza de la crítica social presente en el libro sólo puede compararse con la que se produjo en nuestros clásicos, especialmente en El Lazarillo, cuyo autor, no lo olvidemos, no se atrevió a respaldar públicamente a su retoño. Clarín sí. Y tenía buenos padrinos. Entre ellos nada menos que al mismísimo Galdós.

  Y es que la novela es una obra maestra, esto es incuestionable. No existe en ella ninguna técnica narratológica que el autor no maneje con destreza, desde la compleja estructura levantada con una precisión casi matemática, a la potencia descriptiva de los ambientes creados con una atmósfera que incorpora sonidos y texturas con la maestría de Baroja. Y es que en esta novela la potencia sensorial —El crujir de la seda, el aleteo de los abanicos, los remolinos de polvo — compite con la profundidad en el pensamiento y con la riqueza del lenguaje. Clarín maneja con soltura los registros más variados, y aligera el peso de los monólogos interiores en estilo indirecto y los diálogos desapacibles con el humor de expresiones populares como “desapartarse” o frases descacharrantes como esta: “El pueblo es un majadero, el pueblo crucificó a Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates”.

  En el absoluto alarde de dominio literario que hace Clarín en La Regenta, destaca especialmente la presencia de la literatura dentro de la literatura. Y no es una presencia anecdótica, una simple referencia dentro de un capítulo, de una conversación o de una situación. No, se trata de un elemento estructural dentro del complejo entramado que la constituye.

  Víctor Quintanar, esposo de Ana, es un trasunto de los personajes que pueblan los dramas de honor clásicos. Álvaro Mesía, el pretendiente, lo es de Don Juan Tenorio y el modelo que este personaje representa. Como Don Quijote, ambos están ahí para demoler iconos, para darle la vuelta a símbolos presentes en la cultura, que han enraizado y criado mala hierba. Solo hablar de la forma en la que se desarrollan en la novela estos paralelismos nos ocuparía toda la entrada.

  Aunque no son estos personajes los ejes sobre los que bascula la esencia de la narración, sino Ana Ozores y su confesor, Fermín de Pas. La estructura profunda de la novela se establece por la dialéctica entre estas dos poderosas mentes, atrapadas en una especie de red de mentiras y de vanidades. Mentiras que construyen, en parte sobre sí mismas y, en parte debido, a la acción de su entorno. La mente del sacerdote es manipuladora y mezquina, la de Ana ingenua y fantasiosa. Ana es víctima de su propia frivolidad, pero también de los constructos sociales sobre los que se ve abocada a construir su autoimagen, de las envidias pérfidas de su entorno y del deseo que despierta en los hombres, sobre todo el que despierta en el sacerdote, empeñado en transformar su pasión en una negación de la misma y en una anulación del objeto de sus deseos. Clarín acierta plenamente al mostrarnos como el deseo sexual de hacerse con el cuerpo y la mente de una mujer hermosa es, en el fondo, un deseo de poder. 

  La ciudad es para Ana una cárcel, un infierno, porque no hay manera de escapar de esas redes que le tienden. Como Alicia en el país de las maravillas, va dando bandazos, se cae, se arrastra, se doblega y vuelve a ponerse en pie una y otra vez hasta que ya no pueda más. Hasta las criadas sirven de vehículo para su destrucción.

  Y en este punto, mal que me pese, es necesario hacer una crítica. La visión de Clarín de las mujeres destinadas al servicio es muy cuestionable. El autor no tiene, como Galdós, una sensibilidad muy desarrollada hacia las cuestiones de clase o de género,  es una persona que ha destinado su vida, (y sólo tiene 31 años), a leer y leer literatura. Y eso se nota, tanto por la riqueza literaria asombrosa de la novela, como por la falta de análisis social fuera del constructo que ha creado, (salvo por la referencia concreta a la negativa de El Magistral a ayudar a unos pescadores, y por los actos de caridad absurda de la alta burguesía). Su reflexión sobre la naturaleza humana es poderosa y auténtica, pero no tiene detrás esa sensibilidad o esa experiencia vital. 

  Llama la atención, por ejemplo,  la construcción del personaje de la madre de Fermín de Pas, modelo  de la madre castradora donde los haya. Esta madre que usa su sexualidad para obtener beneficios tras un intento de violación, nada menos. Otra muestra de manipulación sexual muy poco matizada la encontramos en las criadas abusonas. Estos personajes, me atrevería a decir que no debieron hacer mucha gracia a Emilia Pardo Bazán, tan sensibilizada con estas cuestiones, por lo que no es de extrañar que no hiciera ningún elogio de la novela. El peso de las carencias era mayor y hubiera tenido que exponerlas, en un momento en que no hubieran sido entendidas, o mentir y excusarlas, pasarlas por alto y esto es algo que, seguramente, Pardo Bazán no podía hacer por mucho que la obra fuera un prodigio del estilo naturalista que ella había dado a conocer. 

  El libro lleva al naturalismo a extremos expresionistas y lo contrasta con elementos simbolistas.  Especialmente en su final. 

  Clarín nos deja con dos imágenes potentes y desagradables. Por un lado, la de el Magistral clavándose las uñas en el cuello, ese cuello que es el final de la  detestada sotana, del disfraz que no ha tenido valor para quitarse. Por otro lado, el tacto de la piel de un sapo, que Ana siente en su boca, y que nos remite a la figura del batracio como contrapunto de "El Príncipe azul",  ese ideal romántico que el autor ha pasado todo el libro desmontando en sus diferentes versiones de la realidad.  

  Las dos imágenes son creaciones inéditas, audaces y asombrosas. Absolutamente fuera de cualquier tópico o de cualquier modelo de final. En aquel momento, previo al desarrollo del vanguardismo, debieron tener una potencia enorme, y aún hoy la sustentan y nos parecen abruptas, aún hoy nos cuestionan y nos descolocan. Este es el sentido de la novela, sostenerse sobre una cuerda tensada y desatarla para dejarnos caer al vacío. 

 


LA FICCION QUE SE DESNUDA ANTE SÍ MISMA. 


"Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: —Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias—Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer".

  Cuando recuerdo el comienzo de El extranjero me viene a la mente otro comienzo: el de la película Blade Runner. Rememoro la escena en la que el replicante está siendo sometido a un test para averiguar si es un ser humano o no y le preguntan sobre su madre. Su "yo" está viéndose acorralado. Estalla. 

  Arthur Meursault es todo lo contrario del replicante de Blade Runner, que asienta su humanidad en dos emociones básicas: la valoración del propio ser individual, y el deseo de supervivencia.  Por contraste, el protagonista de la novela de Camus parece carecer de ambos impulsos. Es como si se viera a sí mismo desde fuera, como si pudiera mirarlo todo, incluido su ser, de un modo analítico, y lo más parecido a las emociones fueran conductas reflejas que es interesante explicar (al menos escuchar cómo son interpretadas o explicadas por otros...) "Aun en el banquillo de los acusados es siempre interesante oír hablar de uno mismo", dice. 

 ¿Quién es este ser que parece no formar parte de nuestro pueblo, de nuestra especie? Un individuo que está fuera, que, según dice el autor: "busca una luz carente de sombra", una verdad libre de toda recreación explicativa o justificativa. Su protagonista es un ser inquietante. Su total ausencia de simpatía lo convierte a nuestros ojos en un ser antipático, desagradable, oscuro e incomprensible. Pero su ser es el que es. Nuestra incapacidad de aceptar esta realidad, nuestro rechazo de su existencia, le parece al autor una muestra más de nuestra hipócrita visión de la naturaleza humana. 

 La novela es magistral, eso no lo niega nadie, aunque tengo que reconocer que me ha inquietado siempre cómo se presentan en ella dos cuestiones gravemente problemáticas: la violencia contra las mujeres y el colonialismo. En su descargo, hay que decir que es una novela narrada en primera persona y  resultaría incoherente una perspectiva distinta a la que el libro mantiene en todo momento, gélida, como una bocanada de aire polar. Pero no es solo eso, me inquietan las explicaciones que, en diversas ocasiones, ofreció el autor sobre su impactante novela. Me parece que detrás de ellas hay una cierta misantropía, una visión del ser humano que explica por qué Camus llegó a afirmar que su protagonista es "el único Cristo que merecemos". Sería cuando menos extraño que las explicaciones de una novela como esta fueran reconfortantes y tranquilizadoras. ¿No es cierto? Aún así, inquietan, descolocan, desagradan tanto como el protagonista mismo. 

   Pues bien, lleguemos al meollo de la cuestión: "No somos nada", como diría cualquiera en un velatorio en el que el muerto es de otro. Y para el protagonista el muerto siempre es de otro, incluso si se trata de sí mismo. Ante la condena, reacciona exactamente como lo hizo ante la muerte de su madre en el comienzo del libro.  "Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida". 

  Quizá este es el sentido mismo del libro: una reflexión sobra la falta de esencia real de la vida individual más allá del relato que nos creamos sobre ella. La verdad terrible. Y por eso nos aleja de la ficción máxima que supone la invención de una imitación de la vida, como los replicantes de Blade Runner, buscando una escapatoria para no desaparecer, como la voz de una inteligencia artificial diciéndonos: "¡Cuánto lo siento!" "Espero que irá bien, aquí estoy cuando me necesites" "Lo has hecho fenomenal" etcétera. 

Ficciones basadas en otra ficción: la nuestra.

 El extranjero es un puñetazo en el estómago. Sí.  La cuestión es aceptar el golpe. 

OLVIDADO REY GUDÚ. ANA MARÍA MATUTE.

 Esta novela de culto, salvaje y contenida, dulce y agria, realista y fantástica a la vez, es sobre todo un tratado sobre las emociones humanas, el verdadero poder que rige el mundo y al que sólo se oponen los elementos y las leyes de la materia. En un alarde constante de ingenuidad, de tontería, quizá simplemente por miedo a aceptar la verdad de lo que somos, los Homo sapiens -que así hemos tenido la humildad de llamarnos- vamos construyendo en nuestras mentes mundos en los que nuestros deseos y nuestros miedos se alzan con fuerza inusitada sobre la banalidad de lo cotidiano, y cuanto más poder tenga una persona, más arrampla con todo lo que se le ponga por delante, con tal de vencer su miedo o alcanzar lo que desea.

   Ante tus ojos pasa un elenco de personajes de toda índole, desde los más apegados a la realidad, hasta los que han nacido de fantasías compartidas a lo largo de milenios.  Y digo ante tus ojos, porque Matute escribe para el corazón y para los ojos. Pasan los paisajes, las miradas, los gestos, los actos y cada movimiento de cada acto que expresa una emoción. 


  También Ana María Matute escribe para el sentimiento, para que tus emociones se conecten con las de sus personajes, y por eso son protagonistas las emociones que configuran y motivan las acciones y el ser que rige de cada una de ellas, desde el momento en el que la reina insulta al rey, en los primeros capítulos, hasta el momento en que un niño insulta al rey, ya al final de la obra se han ido sucediendo acciones y reacciones sin solución de continuidad. 

 El amor y el odio, como no podía ser de otra forma, son los verdaderos protagonistas. Nadie puede vivir sin amor, aunque sea sólo un amor propio. El amor a la propia vida, el instinto de supervivencia, de búsqueda de engrandecimiento de lo que se es o de lo que se sabe. 

  Del amor, ya sea a ti, o a otras personas -los “tuyos”- puede nacer el odio, la envidia, el deseo de venganza y demás ponzoñas, porque ese amor se encuentra en permanente lucha y competencia contra otros amores, otros deseos y otras visiones del mundo que no son compatibles entre sí. En una dialéctica constante y poderosa, ese odio puede convertirse de nuevo en su opuesto, si a través de su contrario podemos encontrar un refugio para el dolor o una visión más amena o más poderosa de nuestro ser. “No ames al lobo, mátalo” Dice uno de los personajes, y al tiempo no es capaz de dejar detrás de sí un sentimiento contradictorio en el que caben la admiración y el desprecio, la atracción y la repulsión convirtiéndose en fuerzas devastadoras.


  Como en muchas novelas de Rosa Montero, encontramos en Olvidado rey Gudú una visión de la maldad y del error que se encuentran tamizadas por la comprensión de las debilidades humanas. En el caso de Ana María Matute, esta compleja visión tiene la fuerza que le proporciona a la escritora haber estudiado hondamente la conducta infantil. Matute ha aprendido a ver en la vida adulta la sombra de la infancia perdida, y en la infancia la sombra del infierno de los adultos, así como el deseo de poder que se puede manifestar como una forma de crueldad en el que es débil. Deseamos poder desde la más tierna infancia, nuestro llanto es una forma de decir aquí estoy yo, ven, atiéndeme, y en eso no somos distintos de muchos otros animales. Pero otra cosa es hasta qué punto creemos ser distintos, sobre todo los que ostentan mucho poder. 

En el Libro de Alexandre, obra monumental del siglo XIII sobre Alejandro Magno, se puede leer la siguiente estrofa en Cuaderna Vía: "Alexandre que era rey de gran poder, / que en mares nin tierra non podie caber, / en una fuessa ouo en cabo a caber, / que non podie termino de doze pies tener"

 Es verdad que el tema de la muerte igualadora era un tópico recurrente en la Edad Media, pero los coletazos de la sobredimensión de las figuras de los reyes y de sus puñeteras conquistas no han parado nunca de azotarnos el trasero. Eso sí, recuerdo que mi generación fue una de las primeras que no tuvo que estudiar la odiosa lista de los Reyes Godos. Entre los cientos de cosas inútiles que se debían memorizar, esta era una de las más notorias, casi como objeto de un chiste. Es verdad que la historia es importante, y como relato que nos contamos a nosotros mismos, ha de tener su repertorio de protagonistas y personajes secundarios; pero, a la postre, todos desaparecerán de la faz de la Tierra. Restos de madera, de barro cocido o de células formadas por hileras de genes. El papel donde fue impreso, el celuloide, el soporte informático, la memoria humana, todo se desvanecerá como esos sueños que intentas recordar al despertar mientras sientes como desaparecen de tu mente como si nunca hubieran existido, y quizá no lo hicieron. 

 

LOS ENAMORAMIENTOS. JAVIER MARÍAS.

 

LA VIDA DE LOS OTROS. 

   En el personal y cuidado estilo del autor, en el que predomina la reflexión por encima de la narración, se desarrolla una historia inquietante y éticamente compleja.  Es la propia lectura la que decidirá si la actitud de la protagonista nos parece éticamente reprobable o no. Javier Marías nos plantea además con su novela una reflexión profunda y personal sobre los dos temas clásicos de la literatura: el amor y la la muerte. El amor como fuente de vida y como fuente de muerte, el amor que brota de la amistad y el que brota de la envidia, y las relaciones entre estas emociones.
  La muerte como sorpresa y la muerte como condena, la relación entre el dolor, la enfermedad y la muerte prolongada y devastadora. Pero, sobre todo, la muerte de los demás y cómo nos afecta y la vivimos como propia. Como decidimos, en nuestra mente, si era o no el momento propicio, no ya para ellos, sino para nosotros mismos. Como si fueran personajes en nuestra vida, más que otra cosa.
  



  En este sentido, Marías establece una interesantísima relación entre los hechos de su novela y dos obras literarias, de Shakespeare “Macbeth”,  y  de Balzac “El coronel Chabert”, respectivamente.  La referencia a otras obras juega un papel importante en la novela, pero no como un intento de mostrar la erudición del autor, sino más bien un reforzamiento de la idea de que “los otros” y lo que les suceda está en el mismo ámbito tanto si son reales como si son personajes novelísticos.  

  El propio Marías explica estas ideas en una entrevista que concedió a Guillermo Altares para El País, de la que extraigo esta cita:



“Nuestra vida está formada también por esas historias. Casi todo lo que se nos cuenta es real. Usted me cuenta una historia que le ha pasado aquí, quizás la tiene en un ámbito distinto al de las narraciones, pero yo que la escucho como un relato, para mí, a la postre, va a quedar en el mismo ámbito, en el mismo nivel que una novela o una película. Uno lee sobre el sitio de Stalingrado y sabe que ha sucedido y que es real y que es espantoso, pero el hecho de que nos lo cuenten lo iguala con las narraciones ficticias. Y en ese sentido aparece en la novela”




  Marías nos plantea otra cuestión en Los enamoramientos:  la dificultad para conocer a otro ser humano, para saber qué es lo que realmente piensa, si nos está mintiendo o no, incluso para aceptar la mentira, como tal, y con ello destruir la idea que teníamos de esa persona y lo que de ella haya en nosotros mismos.

PARAÍSO INHABITADO. ANA MARÍA MATUTE.

 

EL UNICORNIO SE ME HA PERDIDO AYER. 

  



  

  Ana María Matute desarrolla en esta novela un universo envolvente y único, como lo hace en todas sus obras. La protagonista es una niña preadolescente. Su imaginación y su debilidad física, así como su sentido crítico y agudeza, la mantienen al tanto de lo que ocurre a su alrededor intentando dar un sentido a esa realidad que aún no comprende. En ocasiones, se deja llevar por la fantasía dotando a los muebles y rincones de la casa un carácter mágico, como suele ocurrir en la infancia.

  Durante los años cruciales que precederán a la Guerra Civil y al final de su infancia –hechos que transcurren en paralelo, aunque la niña no pueda ser consciente de ello– va viviendo experiencias a través de las cuales puede ir construyendo el puzle de la vida.

  Las personas que la acompañarán y la guiarán en estas experiencias serán su tía, una mujer moderna y liberada que le presentará a un exiliado ruso; su padre, un liberal desclasado y con dificultades para imponerse sobre la realidad que le rodea; las mujeres del servicio, mucho más cercanas a lo real y cotidiano, y finalmente, un niño de su edad, también exiliado ruso, como ella inteligente e imaginativo. Con el niño construirá su particular universo en el que la ilusión y la alegría contrastan con la amargura, el miedo, la desconfianza y la falsedad que encuentra a su alrededor.



  Una vez más, nos asombra la prodigiosa capacidad de Ana María para penetrar en el mundo de la mente infantil y para mostrarnos el mundo a través de esta lente deformante. La capacidad crítica que despliega es tan fabulosa como su profundidad filosófica y moral. En el entramado de personajes de distintas clases sociales, y siempre a través de la niña, observamos las mezquindades con las que se construyen los entramados sociales y la ceguera de los adultos hacia los sentimientos más nobles y el dolor ajeno que nosotros mismos hemos contribuido a crear.  Como en El Principito, la mirada infantil nos permite ver lo incuestionable como cuestionable, lo cotidiano como extraordinario y lo minúsculo como grandioso.

  La melancolía y la depresión son compañeros de viaje habituales de la escritora, que refleja en sus obras sus propios fantasmas y angustias. Es lógico asumir que la obra pueda ser en parte autobiográfica y que la protagonista tenga mucho de lo que pudo ser la pequeña Ana María. Sin ser desolador, el final es amargo y contundente como una bofetada. Vemos luchar y combatir a brazo partido a la fantasía y a la realidad, a la inocencia y a la maldad, en una lucha permanente en la que la realidad vence. Predomina la maldad y su capacidad para hacerse con el poder y doblegar al débil, al distinto, al ser sensible o bondadoso. Como dice uno de los personajes, con una lucidez aterradora, el paraíso es un lugar inhabitado. Y la infancia es la belleza de un unicornio corriendo hacia un lugar del que no ha de volver.