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EL ANCHO MAR DE LOS SARGAZOS. JEAN RHYS.

¿QUE FUE DE LA LOCA DE LA CASA?  

  Pero no, el enemigo es otro, sobre todo el enemigo es la idealización de ti misma que tú te has creído y que esperan que se sostenga en el tiempo. El enemigo es el desengaño al descubrir que no eres nadie si ya no despiertas interés o deseo, al menos nadie a quien poder amar como tú pensaste que merecías ser amada. El enemigo es sobre todo la dependencia, la falta total de poder a la que te ves sumido cuando vives tu vida como un esclavo. Así que llega el miedo, la soledad, la desesperación o la resignación, en el mejor de los casos. En el peor, la muerte, la locura, la aniquilación completa.



   "El ancho mar de los sargazos" es una novela escrita para reconstruir la visión del mundo creada por Jane Eyre, de Charlotte Brontë.  La novela decimonónica es un homenaje a la mujer que quiere ser sincera y encontrar el amor en la verdad, respetándose a sí misma. Y es un avance, sin lugar a dudas, un avance que, además refleja el esfuerzo mismo hecho por su autora en la misma dirección, la de abrirse paso en el mundo, encontrar una identidad propia, hacer uso de sus capacidades intelectuales y vivir de ellas. Sin embargo, la autora reconoce en la novela la dificultad de crear esta misma independencia puesto que la protagonista, como tantas otras, termina por encontrarse a sí misma a través del matrimonio, de un matrimonio conveniente, eso sí (por mucho que venga rodeado de toda la parafernalia propia de los constructos del romanticismo) Una vez más, hace falta valor para pensar de manera diferente y decir: un momento, ¿hay algo aquí que nos rechina? 



  Sin afán de fastidiar la fiesta, ¿quién era esa loca que estaba encerrada y por qué? Jean Rhys es la mujer valiente que se atreve a releer a sus predecesoras, también valientes, y decir qué es lo que no pudieron o no quisieron ver. 

 La clase social no siempre es un trampolín del que caes de pie. Si eres mujer, tu dependencia del hombre seguirá existiendo tanto si utilizas la clase y el poder de tu esposo, como si es él el que utiliza tu nombre y posición para construirse una, y de paso anularte en el camino. 

  El Ancho mar de los Sargazos rebusca ahí, en el pasado de esa loca peligrosa que impide a la protagonista poder realizar su sueño de casarse con el hombre amado y admirado, el hombre que sin duda merece, y que es su igual o como tal lo reconoce. ¡Ay, de la que no tuvo semejante oportunidad! La otra, la que te antecede, quizá la exesposa, la madre propia o la de la pareja, la amante o la esposa misma, si la amante eres tú. La monja, la puta, la vecina de arriba enseñando las jodidas piernas mejores que las tuyas, la blanca repugnante, o la negra asquerosa de mierda -qué se habrá creído que es mejor que tú- La que lleva el velo o la que no lo lleva -qué vergüenza- Ahí están los enemigos, los obstáculos, las injusticias a las que hay que ceñirse. En las otras mujeres.

    La autora nos recuerda que hay un ancho, largo, profundo y tortuoso mar lleno de algas que pueden atraparte, y enredarte hasta hundirte sin remedio. La autora, desde la lucidez de su extrema juventud, nos recuerda que los pájaros sin alas sucumben el fuego sin remedio y que la naturaleza que se enardece dentro del cuerpo de las mujeres puede ser un yugo y una trampa. En esta trampa caerá Berta y la pérdida de su mundo, de su ser, de su sentido sólo podrá conducirle, como a tantas otras Bertas a la total indefensión, a la pérdida de la libertad más absoluta que es la pérdida de la razón y de la identidad para disolverse en una nada creada por y para otras personas. 

   Así llegamos a comprender a Berta, a escuchar su voz y la de las que sucumbieron de manera terrible a la pérdida de la razón. En acto final, que enlaza la historia con su precedente, reconstruye el relato y nos deja un regusto amargo y, al mismo tiempo, una sensación de que se ha hecho justicia, simplemente porque hemos conocido el sentido detrás del acto y hemos comprendido que el ser humano que está oculto pudo haber tenido una vida distinta, y un final distinto, un final que no sirviera de “atrezzo” para el romance misterioso y fascinante que nos ha conmovido durante dos siglos.

 


LA NOVELA DE GENJI. MURASAKI SHIKIBU.

                                              LA IMPOSIBLE ETERNIDAD. 




"Hoy no estoy triste

por persona alguna, ni muerta ni viva.

Me turba el mundo impermanente

como las gotas de rocío en la hierba"

 - Palabras extraídas de un poema de la obra-

 









  No he viajado nunca a Japón, pero con Murasaki, de algún modo, he conseguido visitarlo. Adentrarme en las casas, pasear por los jardines y recorrer ruinas, cementerios o monasterios bajo la luz de la luna, como en una novela gótica. Y es que la novela de Genji es un poco gótica, pero también es romántica, decimonónica, caballeresca, lírica, psicológica, clásica, moderna y posmoderna. Todos ello a la vez. Podría pensarse que eso no es ningún mérito. La cosa cambia cuando se aclara que está escrita en el siglo XI, y que, por tanto, se adelantó a todas estas visiones del arte literario en cientos de años.

   Nadie ha escrito algo así en un momento tan lejano de la historia. Nadie. Por eso este libro es una especie de milagro. Sabemos las fuentes chinas de las que bebió la cultísima escritora, en la poesía, el relato breve, la epístola y la biografía; pero es difícil comprender qué genialidad creativa llevó a esta mujer a construir algo tan enteramente distinto de todo ello, sintetizarlo y construir una obra enteramente original y adelantada a su tiempo de una manera tan asombrosa. Es difícil saber qué poder, qué fuerza interior o qué experiencia humana pudo lograr que llegase a penetrar de tal modo en las sensibilidades de los hombres y conducir el interés de sus lectoras y lectores hacia eso que se ha llamado a veces “la guerra de los sexos” y que ella acierta a mostrar desde la mente de los personajes como una guerra interna, la guerra en la que se debaten las mujeres en un duelo constante contra sí mismas, y la guerra en la que los hombres luchan a favor o en contra de sus impulsos físicos, impulsos  que subliman o desprecian, según el caso, proyectándolos en las propias mujeres. Es asombrosa la manera en la que la escritora consiguió, me atrevo a decir que por primera vez en la historia, plasmar esta dialéctica tan compleja. Centrarse en una cultura tan codificada y en un ambiente tan selecto permitió a Murasaki alcanzar este logro de un modo puro, librando a los personajes de las otras luchas y centrándolos en ese ambiente pacífico y cortesano, de apariencia banal y tranquila, que sin embargo esconde dolor, humillación, soledad y muerte.


  Murasaki nos sumerge en un Japón tan subyugante como se representa en la elegancia, la belleza y las maneras de su protagonista. Nos arrastra, nos confunde y nos enamora como él hace con las mujeres que seduce o fuerza. Pero Gengi no es un Don Juan, ni la novela se asemeja a ninguno de los eslabones que han compuesto esta serie en la literatura occidental. Gengi es una persona y no un arquetipo, y desde su condición humana, profundamente anclada en la verdad de su época y en la intensidad de su temperamento, nos permite acceder al mundo femenino que él imagina, siente y vive, y contrastarlo con el que la autora nos muestra a través de las mujeres cuyas vidas relata.  Murasaki nos invade con las emociones de estas mujeres, sin más don que el atractivo envenenado de una belleza, una elegancia o una exquisitez exentas de verdadero poder.  

   Por su extensión y su ambiciosa representación de un mundo tremendamente  vivo, la obra puede compararse con grandes monumentos de la narrativa coral occidental, como “La comedia humana” o “En busca del tiempo perdido” y tiene en común con ellas el poder para reflejar la distancia entre el ser, el querer ser y el aparentar, pero ninguna de estas obras nos representa a las mujeres,  desde nuestras propias almas.

   Desde el punto de vista técnico, literario propiamente, también asombra la capacidad de la autora para anticipar lo que la crítica ha dado en llamar metaliteratura.

  Dice Murasaki: Hubiera querido pasar por alto las tribulaciones de Genji, si al fin las he incorporado, es porque algunas damas y caballeros criticaban mi relato por parecer inventado”

  Este comentario justifica la plasmación del sentimiento de culpa, que embarga constantemente al protagonista, desde una crítica externa fundada en el deseo de exponerse a la verdad.  Y es que la verdad trastoca la invención en algo de más valor, pues nos acerca al autoconocimiento y a la visión crítica del mundo como harán muchísimo después nuestros Fernando de Rojas, Cervantes o Galdós.

  Por otra parte, los bellísimos poemas breves, tomados de la tradición china, sirven a Genji, y a las distintas mujeres con las que despliega sus artes de seducción, para crear ese universo paralelo idealizado desde el que se sublima todo: el aburrimiento, la soledad, la “insoportable levedad del ser”  el deseo de morir…

  Como en Las amistades peligrosas, el ocio infinito, la vida resuelta, empujan a los personajes al juego del amor y es necesario crear un teatro en el que se represente. La voz de unos de los personajes femeninos más importantes de la novela dice, en público, que entiende y no teme a la mujer que ha llegado a la casa para terminar por suplantarla: Estoy tan contenta de que haya venido la princesita, a veces temía que mi marido empezara a aburrirse.” Después, la voz narrativa  profundiza en las contradicciones internas del personaje: “No tenía sentido atormentarse por hechos que no podía cambiar.  Aunque, más tarde, empezó a pensar en los años de exilio de Genji y deseó que volviera a estar lejos, y luego, empezó a desear su propia muerte, seguida de cerca de la de él y se horrorizó con su pensamiento”

  La riqueza y el lujo pueden parecernos un consuelo frente a la vida mísera de la mujer apartada de su puesto en el lecho conyugal, o de la que carece de dicho lecho siendo este un lugar de tránsito obligado, pero a través de Murasaki observamos como el tiempo para pensar, para “contemplar el propio estado” envenenan la conciencia más de lo que pudiera hacerlo la humillación encubierta por capas y capas de ocupaciones, problemas o formas de lucha por la supervivencia. En una mente sensible, la riqueza enfatiza la magnificencia del autoengaño y la coloca en el centro de una vida, que ya pierde todo sentido.

    Quiero terminar esta crítica resaltando el hecho de que La historia de Genji es una narración extensísima, tan ambiciosa como sus sucesoras chinas “El romance de los tres reinos” o “El sueño del pabellón rojo” y se despliega en dos partes: “Esplendor” y “Decadencia”. Me he referido sobre todo a esta primera parte, sin embargo, en imprescindible atender a la segunda y la forma en la que todo lo relatado en la primera se modula, reinterpreta y se trasciende en la segunda. La espiritualidad adquiere un tono aún más lúgubre y la autora se adentra en el sentido budista de la vida y contrasta la exaltación de la belleza, el poder y lo transitorio con otras formas de existir y de ser que puedan dotar de paz y de significado un alma perdida o rota.

  Lo que falta a otras obras que he ido citando y que te dejan con la sensación de que nada tiene sentido, lo encuentras en esta grandiosa y fascinante novela. Al terminar la segunda parte, cada gesto, cada lágrima y cada palabra quedan encerrados en una burbuja, y sostenidos en la palma de la mano de la autora por toda nuestra imposible eternidad.


                       Escultura dedicada a Murasaki en Uji, en la prefectura de Kioto. 

DESENGAÑOS AMOROSOS. MARÍA DE ZAYAS.

AMAR, SÓLO POR VENCER.

                                                      Dibujo que representa a la autora en su madurez. 


   El título de esta entrada corresponde a una de las historias del libro de Zayas, Desengaños amorosos. Es la novela que siempre leía en clase de bachillerato con mis estudiantes y la que refleja de un modo más agudo el proceso de manipulación que se encuentra detrás de un tipo de relación a la que llamamos amor o enamoramiento, pero que encierra detrás algo muy distinto, el poder. 

 El libro me ha hecho sentir a un tiempo esperanzada y desesperanzada, acompañada y sola, deslumbrada y oscura. Lo que relata sobre las mujeres es terrible, y hace daño, y al mismo tiempo, deslumbra ver que fue capaz de escribir algo así hace tantos años.

  No sé si es por esa capacidad de adelantarse a su tiempo por lo que intentó ser borrada. o por lo que no pudo llegar a serlo. De todas formas, entre las poquísimas grandes escritoras que conocí en mi etapa escolar estaba ella,  María de Zayas Sotomayor. Eso sí, solo me hablaron de la primera parte de su serie de novelas "amorosas"  Pasarían muchos años hasta que llegaran a mis manos Los Desengaños. Sólo el título ya me resultó sugerente. Me recordó, por su enfoque, al de muchos de los cuentos de amor de Emilia Pardo Bazán, que en realidad son deconstrucciones del concepto de amor romántico que tanto daño ha hecho a las mujeres. 

  Margarita de Navarra y su Heptamerón, libro del que también hablo en este blog, es una influencia muy importante, sin duda, pero como es lógico, casi cien años después, la claridad para ver el nivel de odio y para comprender la crudeza del espanto se ha duplicado.  Los relatos sostienen las mismas discusiones en la llamada "guerra de los sexos" La autora equilibra -como la escritora francesa que la inspira- la ironía y la denuncia femenina con el sarcasmo y el insulto masculinos. Es un discurso coral, al modo iniciado por Boccaccio, en el que las distintas voces oponen su visión del mundo. Pero la potencia de las narraciones se dispara por la crudeza de la descripción, del modo en el que el cuerpo de las mujeres y su existencia misma son objeto de escarnio, tortura, aniquilación y traición. En ocasiones con la complicidad de otras mujeres, como siempre ocurre en el inventario de las víctimas. En ocasiones, con la complicidad de la propia familia, de la figura paterna, como sólo ocurre a las mujeres.  

 La recepción de estas novelas entrelazadas fue muy exitosa, pues sabemos que la autora fue admirada en su tiempo, y esto le concede el mérito de haber sabido hablarle a su época del único modo en que podía ser escuchada. Me parece imposible negar una intención crítica tan tremenda, un deseo de que las lectoras escuchen, presten atención, sean capaces de recontextualizar y comprender el modo en el que se puede llegar a jugar con ellas o a convertirlas en seres humillados o aniquilados. Por eso entiendo que Zayas puede ser considerada, sin duda, como un antecedente del feminismo.  

 Puede parecer que en absoluto consiguió su objetivo, puesto que estamos hablando de un libro que cumplirá los 400 años en breve, sin embargo, algo me dice que sí, que tanto ella como Margarita de Angulema consiguieron más de lo que puede parecer. Por eso la lectura de estos libros es esperanzadora y desesperanzadora a un tiempo. Como si nos encontrásemos ante una lucha que no tiene fin. Leo estos días El mundo deslumbrante, de Siri Hustvedt y puedo ver en ella la mirada despierta, atenta y dolorosa de su predecesora cuando aparta las capas y capas de cinismo, egos, ambición y estupidez que nos sepultan y deja en medio la simple y absoluta verdad del desengaño. 

    Quizá algún lector o lectora pueda considerar que existen aspectos racistas o homófobos en estos relatos que los descalifican por entero, pero se debe atender al contexto y a la dificultad extrema de comprender otras formas de opresión más allá de la propia, algo que se pide reiteradamente a las mujeres pero que es extremadamente difícil. Tampoco es de recibo pedir que se acallen aquellas formas de opresión, engaño o manipulación que vengan de la mano de estructuras de poder o formas de vida determinadas, aunque estas puedan ser a su vez objeto de marginación. Por tanto, es necesario considerar la obra en su tiempo y apreciar como la autora nos describe a distintos colectivos humanos y el modo en el que el hecho de ser mujer dentro de dichos colectivos determina la vida y las posibilidades específicas de sufrimiento añadidas. 

   Se ha dicho que la autora debía odiar a los hombres por algún desengaño propio. Leer estas novelas y sacar semejante conclusión es, en sí mismo, una muestra de hasta que punto la misoginia y el retorcimiento pueden hacerse eco en el discurso. El objetivo es presentar como locura o necedad el valor y la fuerza necesarias para subvertir el poder violento que se disfraza de emociones fabulosas y bellas, para convertir en polvo a las mujeres, incluso si se trata de polvo enamorado. 

LOS ARGONAUTAS. BLASCO IBÁÑEZ.

 


UN TITANIC A PRUEBA DE ICEBERGS Y MELODRAMAS. 

  Los Argonautas es una de las novelas menos conocidas del autor valenciano y, sin embargo, una de las más queridas por el propio autor, según comenta en el prólogo. Hay una auto referencia en ella, secretos de su propia vida que nunca conoceremos pero que resulta interesante tratar de imaginar al leerla.

   Esta es una novela con un estilo mucho más decimonónico que las de corte naturalista. Nada que ver. Hay un cierto elemento del nuevo estilo modernista con ramalazos de ensayo y gran importancia de las descripciones detalladas que encontramos en diversas novelas de la llamada Generación del 98. No obstante, rezuma experiencia vital, realidad, sensación de sumergirse en un mundo bien conocido por el autor, el de la vida en un trasatlántico en primera clase.  Un mundo paladeado hasta la saciedad por todos en Titanic y que, en esta novela, escrita entre 1913 y 1914 -poco antes del comienzo de la primera guerra mundial y solo un año después del hundimiento del famoso barco- aparece despojado de todo elemento melodramático o romántico.

   La historia comienza presentándonos a un protagonista bastante insulso, me atrevería a calificarlo incluso como un estúpido. Me recuerda a algunos personajes tolstoianos de clase alta, vacíos de emociones auténticas, manipuladores sin ganas, conscientes de su superficialidad y de su banalidad en la que viven cómodamente y, a un tiempo, tratan de compensar con cierto atrevimiento u osadía de patio de recreo. El resto de los personajes masculinos se le asemejan. Se mantienen como flotando entre las convenciones y la visión de la realidad que les resulta más conveniente.

  Blasco Ibáñez lleva al límite este muestrario de la necedad masculina cuando nos retrata al padre de una de las amantes temporales del protagonista, a pesar de su propia estupidez, este llega a dudar de si realmente este hombre es idiota perdido... y tratándose de él, ¡es un asunto! La conversación que sostiene este individuo sobre cómo debe ser un gobierno de verdad y la importancia crucial de que esté regido por un hombre “a caballo” se adelanta a imágenes que encontraremos en el teatro del absurdo, desde Tres Sombreros de Copa hasta Picnic. 

 Por otra parte, su presentación cómico-grotesca del tema del duelo entre caballeros y la referencia a la prostitución de lujo -las “cocotte” francesas que viajan a Buenos Aires en busca de oportunidades “aquí venimos a hacer dinero, debes dejarte el corazón en el barco o te lo sacarán. (Le dice una de las veteranas una debutante) Mantienen el mismo tono crítico sin acritud hacia una forma de vida centrada en el deseo de hacer dinero, motivación principal sino absoluta de todos cuantos pueblan el barco, incluyendo a los emigrantes de tercera clase, y, por supuesto, el protagonista, que deja atrás a la supuestamente amada joven casada con un anciano que esperan se muera de una vez, y disfruta de lo lindo durante el viaje manteniendo encuentros sexuales con tres mujeres.

  Estas mujeres, entre sí, totalmente contrastadas, brindan a las lectoras una visión del amor romántico completamente destruida y presentada como una fantasía detrás de la cual se mueven las fantasías femeninas de construir una imagen propia a través de la adoración de un ideal masculino que no existe. El autor es especialmente duro a la hora de presentarnos la inconmovible capacidad de manipulación y el antojadizo carácter de un protagonista que ya nos había resultado antipático y que ahora acaba por convertirse en tipo cruel sin ser consciente de su crueldad. No obstante, nunca presenta Blasco Ibáñez a las mujeres como víctimas más allá del mismo impulso que mueve a los hombres a desenvolverse dentro de una fantasía construida a expensas de la realidad, o bien, manejar los resortes a su alcance para intentar sacar el mayor partido posible de su vida, con más o menos éxito.

   Lo más original y crucial de la novela es el contraste entre este viaje y el viaje de los conquistadores. Como en el buque alemán en el que nos encontramos, El Goethe, estos hombres y mujeres iban a la aventura partiendo, sobre todo los primeros exploradores, de situaciones que casi no podemos imaginar por su dureza y que nos resultan inverosímiles. El escritor, a través de uno de los personajes, introduce estas historias de modo que dota al limitado universo del trasatlántico, de un contexto mucho más amplio que explica y justifica toda una visión del mundo.


 Como Fernando de Rojas o Pardo Bazán, predomina en este autor una visión muy dura de la humanidad en la que la belleza de las emociones auténticas queda subsumida por el constante enfrentamiento de intereses, aunque se presenten siempre en esta novela de modo suave, condescendiente, casi comprensivo, aunque sin perder un ápice de agudeza crítica. Quizá la referencia histórica a las mancebías, presentada a través de uno de los conquistadores que había solicitado el derecho a abrir una mancebía en un municipio que no la tenía aún. Involucra Blasco Ibañez a la corona y a toda la sociedad en el mantenimiento de estos prostíbulos, incluyendo incluso a los monasterios y hasta los conventos en el sostenimiento del negocio y la obtención de beneficios. Un dato que me ha sorprendido bastante y que sin duda el autor busca que los lectores y lectoras decimonónicos conozca, reinterprete y valore.

   El momento de la llegada a Buenos Aires, con la descripción de la principal avenida y los grupos de emigrantes de clase trabajadora extasiados en la contemplación de los edificios deslumbrantes enmarca la misma idea de continuidad respecto al deseo de medrar, ya sea aspirar a mejorar una vida mísera, a seguir haciendo fortuna desde la que ya se tiene: “Todos somos iguales, sólo que nosotros vamos en coche y ellos a pie”

  Entre todos se alza la figura del iluso, enfermo y trastornado, ve en el viaje su última oportunidad de salir de la decrepitud en la que se encuentra, arrastrando a su familia en este proyecto sin sentido que jugará un papel importante en el coro de voces que el autor presenta al final de la novela. En este sentido, una de las reflexiones que más me ha inspirado de este libro ha sido la que expresa un personaje sin importancia en la novela al afirmar lo triste que puede resultar reconocer que la vida sea algo tan pequeño que haya que buscar engrandecerla a base se ilusiones.

  La novela termina con un fuerte contraste anclado en la visión de la muerte y lo que deja detrás.  Dos cadáveres, uno arrojado al mar y dejando a su familia en total indefensión y desesperado miedo, otro viajando en su propio camarote a instancias de los herederos de la fortuna que deja detrás de sí. La muerte iguala, la yo dijo Jorge Manrique, pero no tanto.

 

 


SAB. GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA.

 

 EL PUÑO CERRADO, CON ALGO DENTRO. 


   Pasaron bastantes años hasta que me decidí a leer esta novelita, breve pero grande por su valor, que es extraordinario. No sé por qué tardé tanto en leerla, quizá por miedo a que me decepcionara y perder un icono literario femenino, entre los pocos que existen en el canon literario, como es el caso de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

  La novela combina la concentración de la acción y la intensidad del conflicto dramático, con la riqueza narrativa que proporciona el ahondamiento de la introspección de los personajes a través de la narración omnisciente, y la creación del entorno, del paisaje cubano entretejido por descripciones de gran intensidad y belleza. Por un lado, Avellaneda desarrolla el discurso desde la interioridad, desde las emociones del protagonista, entrelazadas con las visiones, deseos e intereses de su entorno, en oposición a él. Por otro lado, la novela construye en tu cerebro la viveza de las imágenes, casi con una fuerza cinematográfica.


 Cuando leemos Sab nos sentimos irremediablemente avasallados por una conciencia clara, que observa las debilidades humanas con compasión y al mismo tiempo, con claridad de juicio. La pasión amorosa es analizada con la precisión de una autopsia, mostrando de manera descarnada la forma en el que lo más sublime y lo más rastrero pueden darse la mano en los sentimientos de una persona. El deseo, la fuerza inmensa que arrebata al ser por la posesión de algo que considera que le pertenece o que debe pertenecerle, una fuerza que se manifiesta desde la más tierna infancia en ese “es mío” de la mano infantil que aprieta con fuerza inusitada un objeto cualquiera. La pobreza, la enfermedad o la miseria más absoluta no nos exime de este sentimiento. La esclavitud no nos exime de este sentimiento, lo pude girar, convertir en un acto de adoración desde el cual el objeto que se venera nos eleva a nosotros mismos y por ello se vuelve todavía más imprescindible.

  Así pues, en unas pocas páginas, Gertrudis de Avellaneda crea un tratado sobre la naturaleza humana, contrastando la relajación del que se siente poderoso y dueño de sí mismo y de cuanto necesita, con la tensión del que carece de esa seguridad y con el dolor del que se levanta con la certeza de que ha sido despojado. La libertad no significa nada en este contexto en el que ser dueño de uno mismo no tiene, en sí, ningún valor. Son las cosas, el dinero, la posición, el ser deseado y amado, o algo más pequeño, algo simbólico como un simple retrato. La genialidad de la obra consiste en hablarnos sobre la esclavitud yendo más allá de ella.


 No se puede acudir a Sab esperando encontrar una obra naturalista o políticamente avanzada a su tiempo. Sab no enfrenta todavía de manera frontal y descarnada la cuestión de la explotación de unos seres humanos por otros, la describe, pero exime de la responsabilidad a los que debería cargar con su peso. Lejos de cualquier forma de naturalismo o de realismo, Sab es una hija del pensamiento romántico, bella y sincera, que nos ofrece un reflejo de nosotros mismos, del espíritu egoísta del ser humano ya sea la persona en apariencia más entregada y buena del mundo, o la persona más idealista y sensible. Si tienes el valor de ver tu reflejo en ella, nunca la olvidarás.