Esta novela de culto, salvaje y contenida, dulce y agria, realista y fantástica a la vez, es sobre todo un tratado sobre las emociones humanas, el verdadero poder que rige el mundo y al que sólo se oponen los elementos y las leyes de la materia. En un alarde constante de ingenuidad, de tontería, quizá simplemente por miedo a aceptar la verdad de lo que somos, los Homo sapiens-que así hemos tenido la humildad de llamarnos- vamos construyendo en nuestras mentes mundos en los que nuestros deseos y nuestros miedos se alzan con fuerza inusitada sobre la banalidad de lo cotidiano, y cuanto más poder tenga una persona, más arrampla con todo lo que se le ponga por delante, con tal de vencer su miedo o alcanzar lo que desea.
Ante tus ojos pasa un elenco de personajes de toda índole, desde los más apegados a la realidad, hasta los que han nacido de fantasías compartidas a lo largo de milenios. Y digo ante tus ojos, porque Matute escribe para el corazón y para los ojos. Pasan los paisajes, las miradas, los gestos, los actos y cada movimiento de cada acto que expresa una emoción.
También Ana María Matute escribe para el sentimiento, para que tus emociones se conecten con las de sus personajes, y por eso son protagonistas las emociones que configuran y motivan las acciones y el ser que rige de cada una de ellas, desde el momento en el que la reina insulta al rey, en los primeros capítulos, hasta el momento en que un niño insulta al rey, ya al final de la obra se han ido sucediendo acciones y reacciones sin solución de continuidad.
El amor y el odio, como no podía ser de otra forma, son los verdaderos protagonistas. Nadie puede vivir sin amor, aunque sea sólo un amor propio. El amor a la propia vida, el instinto de supervivencia, de búsqueda de engrandecimiento de lo que se es o de lo que se sabe.
Del amor, ya sea a ti, o a otras personas -los “tuyos”- puede nacer el odio, la envidia, el deseo de venganza y demás ponzoñas, porque ese amor se encuentra en permanente lucha y competencia contra otros amores, otros deseos y otras visiones del mundo que no son compatibles entre sí. En una dialéctica constante y poderosa, ese odio puede convertirse de nuevo en su opuesto, si a través de su contrario podemos encontrar un refugio para el dolor o una visión más amena o más poderosa de nuestro ser. “No ames al lobo, mátalo” Dice uno de los personajes, y al tiempo no es capaz de dejar detrás de sí un sentimiento contradictorio en el que caben la admiración y el desprecio, la atracción y la repulsión convirtiéndose en fuerzas devastadoras.
En el Libro de Alexandre, obra monumental del siglo XIII sobre Alejandro Magno, se puede leer la siguiente estrofa en Cuaderna Vía: "Alexandre que era rey de gran poder, / que en mares nin tierra non podie caber, / en una fuessa ouo en cabo a caber, / que non podie termino de doze pies tener"
Es verdad que el tema de la muerte igualadora era un tópico recurrente en la Edad Media, pero los coletazos de la sobredimensión de las figuras de los reyes y de sus puñeteras conquistas no han parado nunca de azotarnos el trasero. Eso sí, recuerdo que mi generación fue una de las primeras que no tuvo que estudiar la odiosa lista de los Reyes Godos. Entre los cientos de cosas inútiles que se debían memorizar, esta era una de las más notorias, casi como objeto de un chiste. Es verdad que la historia es importante, y como relato que nos contamos a nosotros mismos, ha de tener su repertorio de protagonistas y personajes secundarios; pero, a la postre, todos desaparecerán de la faz de la Tierra. Restos de madera, de barro cocido o de células formadas por hileras de genes. El papel donde fue impreso, el celuloide, el soporte informático, la memoria humana, todo se desvanecerá como esos sueños que intentas recordar al despertar mientras sientes como desaparecen de tu mente como si nunca hubieran existido, y quizá no lo hicieron.
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