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LOS ARGONAUTAS y el Titanic que no se hundió.

 


  Los Argonautas es una de las novelas menos conocidas del autor valenciano y, sin embargo, una de las más queridas por el propio autor, según comenta en el prólogo. Hay una auto referencia en ella, secretos de su propia vida que nunca conoceremos pero que resulta interesante tratar de imaginar al leerla.

   Esta es una novela con un estilo mucho más decimonónico que las de corte naturalista. Nada que ver. Hay un cierto elemento del nuevo estilo modernista con ramalazos de ensayo y gran importancia de las descripciones detalladas que encontramos en diversas novelas de la llamada Generación del 98. No obstante, rezuma experiencia vital, realidad, sensación de sumergirse en un mundo bien conocido por el autor, el de la vida en un trasatlántico en primera clase.  Un mundo paladeado hasta la saciedad por todos en Titanic y que, en esta novela, escrita entre 1913 y 1914 -poco antes del comienzo de la primera guerra mundial y solo un año después del hundimiento del famoso barco- aparece despojado de todo elemento melodramático o romántico.

   La historia comienza presentándonos a un protagonista bastante insulso, me atrevería a calificarlo incluso como un estúpido. Me recuerda a algunos personajes tolstoianos de clase alta, vacíos de emociones auténticas, manipuladores sin ganas, conscientes de su superficialidad y de su banalidad en la que viven cómodamente y, a un tiempo, tratan de compensar con cierto atrevimiento u osadía de patio de recreo. El resto de los personajes masculinos se le asemejan. Se mantienen como flotando entre las convenciones y la visión de la realidad que les resulta más conveniente.

  Blasco Ibáñez lleva al límite este muestrario de la necedad masculina cuando nos retrata al padre de una de las amantes temporales del protagonista, a pesar de su propia estupidez, este llega a dudar de si realmente este hombre es idiota perdido... y tratándose de él, ¡es un asunto! La conversación que sostiene este individuo sobre cómo debe ser un gobierno de verdad y la importancia crucial de que esté regido por un hombre “a caballo” se adelanta a imágenes que encontraremos en el teatro del absurdo, desde Tres Sombreros de Copa hasta Picnic. 

 Por otra parte, su presentación cómico-grotesca del tema del duelo entre caballeros y la referencia a la prostitución de lujo -las “cocotte” francesas que viajan a Buenos Aires en busca de oportunidades “aquí venimos a hacer dinero, debes dejarte el corazón en el barco o te lo sacarán. (Le dice una de las veteranas una debutante) Mantienen el mismo tono crítico sin acritud hacia una forma de vida centrada en el deseo de hacer dinero, motivación principal sino absoluta de todos cuantos pueblan el barco, incluyendo a los emigrantes de tercera clase, y, por supuesto, el protagonista, que deja atrás a la supuestamente amada joven casada con un anciano que esperan se muera de una vez, y disfruta de lo lindo durante el viaje manteniendo encuentros sexuales con tres mujeres.

  Estas mujeres, entre sí, totalmente contrastadas, brindan a las lectoras una visión del amor romántico completamente destruida y presentada como una fantasía detrás de la cual se mueven las fantasías femeninas de construir una imagen propia a través de la adoración de un ideal masculino que no existe. El autor es especialmente duro a la hora de presentarnos la inconmovible capacidad de manipulación y el antojadizo carácter de un protagonista que ya nos había resultado antipático y que ahora acaba por convertirse en tipo cruel sin ser consciente de su crueldad. No obstante, nunca presenta Blasco Ibáñez a las mujeres como víctimas más allá del mismo impulso que mueve a los hombres a desenvolverse dentro de una fantasía construida a expensas de la realidad, o bien, manejar los resortes a su alcance para intentar sacar el mayor partido posible de su vida, con más o menos éxito.

   Lo más original y crucial de la novela es el contraste entre este viaje y el viaje de los conquistadores. Como en el buque alemán en el que nos encontramos, El Goethe, estos hombres y mujeres iban a la aventura partiendo, sobre todo los primeros exploradores, de situaciones que casi no podemos imaginar por su dureza y que nos resultan inverosímiles. El escritor, a través de uno de los personajes, introduce estas historias de modo que dota al limitado universo del trasatlántico, de un contexto mucho más amplio que explica y justifica toda una visión del mundo.


 Como Fernando de Rojas o Pardo Bazán, predomina en este autor una visión muy dura de la humanidad en la que la belleza de las emociones auténticas queda subsumida por el constante enfrentamiento de intereses, aunque se presenten siempre en esta novela de modo suave, condescendiente, casi comprensivo, aunque sin perder un ápice de agudeza crítica. Quizá la referencia histórica a las mancebías, presentada a través de uno de los conquistadores que había solicitado el derecho a abrir una mancebía en un municipio que no la tenía aún. Involucra Blasco Ibañez a la corona y a toda la sociedad en el mantenimiento de estos prostíbulos, incluyendo incluso a los monasterios y hasta los conventos en el sostenimiento del negocio y la obtención de beneficios. Un dato que me ha sorprendido bastante y que sin duda el autor busca que los lectores y lectoras decimonónicos conozca, reinterprete y valore.

   El momento de la llegada a Buenos Aires, con la descripción de la principal avenida y los grupos de emigrantes de clase trabajadora extasiados en la contemplación de los edificios deslumbrantes enmarca la misma idea de continuidad respecto al deseo de medrar, ya sea aspirar a mejorar una vida mísera, a seguir haciendo fortuna desde la que ya se tiene: “Todos somos iguales, sólo que nosotros vamos en coche y ellos a pie”

  Entre todos se alza la figura del iluso, enfermo y trastornado, ve en el viaje su última oportunidad de salir de la decrepitud en la que se encuentra, arrastrando a su familia en este proyecto sin sentido que jugará un papel importante en el coro de voces que el autor presenta al final de la novela. En este sentido, una de las reflexiones que más me ha inspirado de este libro ha sido la que expresa un personaje sin importancia en la novela al afirmar lo triste que puede resultar reconocer que la vida sea algo tan pequeño que haya que buscar engrandecerla a base se ilusiones.

  La novela termina con un fuerte contraste anclado en la visión de la muerte y lo que deja detrás.  Dos cadáveres, uno arrojado al mar y dejando a su familia en total indefensión y desesperado miedo, otro viajando en su propio camarote a instancias de los herederos de la fortuna que deja detrás de sí. La muerte iguala, la yo dijo Jorge Manrique, pero no tanto.