ALICIA EN EL PAÍS DE LA SORDIDEZ.
“Un sapo en cuclillas miraba a la Regenta, encaramado en una raíz gruesa que salía de la tierra como una garra. Lo tenía a un palmo de su vestido. Dio un grito, tuvo miedo. Se le figuró que aquel sapo había estado oyéndola pensar y se burlaba de sus ilusiones”
¿Qué pensaría Ana Ozores si viera su
escultura frente a la catedral de Oviedo?
Es cierto que no puede pensar nada, puesto que no existe, pero la
imaginación nos permite sostener esta idea que, seguramente, a su creador le parecería interesante… su personaje convertido en un icono turístico
para la ciudad que ha denostado. El comercio siempre sabe hacer uso de todo. De
hecho, la crítica durísima de la novela por parte de la Iglesia —que se ve
vilipendiada especialmente— calificándola como. “satánica, impía e inmoral”
sirvió a los editores para catapultar de manera decisiva la segunda parte, y
poner a la venta una edición de lujo destinada, paradojas de la vida, a las
clases pudientes retratadas en el libro.
La expectativa antes
de la publicación debió de ser máxima, pensemos que Clarín llevaba diez años
ejerciendo como crítico literario, y no muy benevolente. Hacía falta valor para
lanzarse a la publicación de una novela, más aún una novela como esta, de un
atrevimiento y una osadía, me atrevería a decir, que casi inauditas en España.
Si bien el naturalismo, introducido por Pardo Bazán, no era una novedad, la
dureza de la crítica social presente en el libro sólo puede compararse con la
que se produjo en nuestros clásicos, especialmente en El Lazarillo, cuyo autor,
no lo olvidemos, no se atrevió a respaldar públicamente a su retoño. Clarín sí.
Y tenía buenos padrinos. Entre ellos nada menos que al mismísimo Galdós.
Y es que la novela es una obra maestra, esto es incuestionable. No existe en ella ninguna técnica narratológica que el autor no maneje con destreza, desde la compleja estructura levantada con una precisión casi matemática, a la potencia descriptiva de los ambientes creados con una atmósfera que incorpora sonidos y texturas con la maestría de Baroja. Y es que en esta novela la potencia sensorial —El crujir de la seda, el aleteo de los abanicos, los remolinos de polvo — compite con la profundidad en el pensamiento y con la riqueza del lenguaje. Clarín maneja con soltura los registros más variados, y aligera el peso de los monólogos interiores en estilo indirecto y los diálogos desapacibles con el humor de expresiones populares como “desapartarse” o frases descacharrantes como esta: “El pueblo es un majadero, el pueblo crucificó a Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipócrates”.
En el absoluto
alarde de dominio literario que hace Clarín en La Regenta, destaca
especialmente la presencia de la literatura dentro de la literatura. Y no es
una presencia anecdótica, una simple referencia dentro de un capítulo, de una
conversación o de una situación. No, se trata de un elemento estructural dentro
del complejo entramado que la constituye.
Víctor Quintanar, esposo de Ana, es un trasunto de los personajes que
pueblan los dramas de honor clásicos. Álvaro Mesía, el pretendiente, lo es de Don Juan Tenorio y
el modelo que este personaje representa. Como Don Quijote, ambos están ahí para
demoler iconos, para darle la vuelta a símbolos presentes en la cultura, que han
enraizado y criado mala hierba. Solo hablar de la forma en la que se desarrollan en
la novela estos paralelismos nos ocuparía toda la entrada.
Aunque no son estos
personajes los ejes sobre los que bascula la esencia de la narración, sino Ana
Ozores y su confesor, Fermín de Pas. La estructura profunda de la novela se
establece por la dialéctica entre estas dos poderosas mentes, atrapadas en una
especie de red de mentiras y de vanidades. Mentiras que construyen, en parte sobre sí
mismas y, en parte debido, a la acción de su entorno. La mente del sacerdote es manipuladora y
mezquina, la de Ana ingenua y fantasiosa. Ana es víctima de su propia
frivolidad, pero también de los constructos sociales sobre los que se ve
abocada a construir su autoimagen, de las envidias pérfidas de su entorno y del
deseo que despierta en los hombres, sobre todo el que despierta en el sacerdote, empeñado en transformar su pasión en una
negación de la misma y en una anulación del objeto de sus deseos. Clarín acierta plenamente al mostrarnos como el deseo sexual de hacerse con el cuerpo y la mente de una mujer hermosa es, en el fondo, un deseo de poder.
Y en este punto, mal que me pese, es necesario hacer una crítica. La visión de Clarín de las mujeres destinadas al servicio es muy cuestionable. El autor no tiene, como Galdós, una sensibilidad muy desarrollada hacia las cuestiones de clase o de género, es una persona que ha destinado su vida, (y sólo tiene 31 años), a leer y leer literatura. Y eso se nota, tanto por la riqueza literaria asombrosa de la novela, como por la falta de análisis social fuera del constructo que ha creado, (salvo por la referencia concreta a la negativa de El Magistral a ayudar a unos pescadores, y por los actos de caridad absurda de la alta burguesía). Su reflexión sobre la naturaleza humana es poderosa y auténtica, pero no tiene detrás esa sensibilidad o esa experiencia vital.
Llama la atención, por ejemplo, la construcción del personaje de la madre de Fermín de Pas, modelo de la madre castradora donde los haya. Esta madre que usa su sexualidad para obtener beneficios tras un intento de violación, nada menos. Otra muestra de manipulación sexual muy poco matizada la encontramos en las criadas abusonas. Estos personajes, me atrevería a decir que no debieron hacer mucha gracia a Emilia Pardo Bazán, tan sensibilizada con estas cuestiones, por lo que no es de extrañar que no hiciera ningún elogio de la novela. El peso de las carencias era mayor y hubiera tenido que exponerlas, en un momento en que no hubieran sido entendidas, o mentir y excusarlas, pasarlas por alto y esto es algo que, seguramente, Pardo Bazán no podía hacer por mucho que la obra fuera un prodigio del estilo naturalista que ella había dado a conocer.
El libro lleva al naturalismo a extremos expresionistas y lo contrasta con elementos simbolistas. Especialmente en su final.
Clarín nos deja con dos imágenes potentes y desagradables. Por un lado, la de el Magistral clavándose las uñas en el cuello, ese cuello que es el final de la detestada sotana, del disfraz que no ha tenido valor para quitarse. Por otro lado, el tacto de la piel de un sapo, que Ana siente en su boca, y que nos remite a la figura del batracio como contrapunto de "El Príncipe azul", ese ideal romántico que el autor ha pasado todo el libro desmontando en sus diferentes versiones de la realidad.
Las dos imágenes son creaciones inéditas, audaces y asombrosas. Absolutamente fuera de cualquier tópico o de cualquier modelo de final. En aquel momento, previo al desarrollo del vanguardismo, debieron tener una potencia enorme, y aún hoy la sustentan y nos parecen abruptas, aún hoy nos cuestionan y nos descolocan. Este es el sentido de la novela, sostenerse sobre una cuerda tensada y desatarla para dejarnos caer al vacío.


