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OLVIDADO REY GUDÚ. ANA MARÍA MATUTE.

 Esta novela de culto, salvaje y contenida, dulce y agria, realista y fantástica a la vez, es sobre todo un tratado sobre las emociones humanas, el verdadero poder que rige el mundo y al que sólo se oponen los elementos y las leyes de la materia. En un alarde constante de ingenuidad, de tontería, quizá simplemente por miedo a aceptar la verdad de lo que somos, los Homo sapiens-que así hemos tenido la humildad de llamarnos- vamos construyendo en nuestras mentes mundos en los que nuestros deseos y nuestros miedos se alzan con fuerza inusitada sobre la banalidad de lo cotidiano, y cuanto más poder tenga una persona, más arrampla con todo lo que se le ponga por delante, con tal de vencer su miedo o alcanzar lo que desea.

   Ante tus ojos pasa un elenco de personajes de toda índole, desde los más apegados a la realidad, hasta los que han nacido de fantasías compartidas a lo largo de milenios.  Y digo ante tus ojos, porque Matute escribe para el corazón y para los ojos. Pasan los paisajes, las miradas, los gestos, los actos y cada movimiento de cada acto que expresa una emoción. 


  También Ana María Matute escribe para el sentimiento, para que tus emociones se conecten con las de sus personajes, y por eso son protagonistas las emociones que configuran y motivan las acciones y el ser que rige de cada una de ellas, desde el momento en el que la reina insulta al rey, en los primeros capítulos, hasta el momento en que un niño insulta al rey, ya al final de la obra se han ido sucediendo acciones y reacciones sin solución de continuidad. 

 El amor y el odio, como no podía ser de otra forma, son los verdaderos protagonistas. Nadie puede vivir sin amor, aunque sea sólo un amor propio. El amor a la propia vida, el instinto de supervivencia, de búsqueda de engrandecimiento de lo que se es o de lo que se sabe. 

  Del amor, ya sea a ti, o a otras personas -los “tuyos”- puede nacer el odio, la envidia, el deseo de venganza y demás ponzoñas, porque ese amor se encuentra en permanente lucha y competencia contra otros amores, otros deseos y otras visiones del mundo que no son compatibles entre sí. En una dialéctica constante y poderosa, ese odio puede convertirse de nuevo en su opuesto, si a través de su contrario podemos encontrar un refugio para el dolor o una visión más amena o más poderosa de nuestro ser. “No ames al lobo, mátalo” Dice uno de los personajes, y al tiempo no es capaz de dejar detrás de sí un sentimiento contradictorio en el que caben la admiración y el desprecio, la atracción y la repulsión convirtiéndose en fuerzas devastadoras.


  Como en muchas novelas de Rosa Montero, encontramos en Olvidado rey Gudú una visión de la maldad y del error que se encuentran tamizadas por la comprensión de las debilidades humanas. En el caso de Ana María Matute, esta compleja visión tiene la fuerza que le proporciona a la escritora haber estudiado hondamente la conducta infantil. Matute ha aprendido a ver en la vida adulta la sombra de la infancia perdida, y en la infancia la sombra del infierno de los adultos, así como el deseo de poder que se puede manifestar como una forma de crueldad en el que es débil. Deseamos poder desde la más tierna infancia, nuestro llanto es una forma de decir aquí estoy yo, ven, atiéndeme, y en eso no somos distintos de muchos otros animales. Pero otra cosa es hasta qué punto creemos ser distintos, sobre todo los que ostentan mucho poder. 

En el Libro de Alexandre, obra monumental del siglo XIII sobre Alejandro Magno, se puede leer la siguiente estrofa en Cuaderna Vía: "Alexandre que era rey de gran poder, / que en mares nin tierra non podie caber, / en una fuessa ouo en cabo a caber, / que non podie termino de doze pies tener"

 Es verdad que el tema de la muerte igualadora era un tópico recurrente en la Edad Media, pero los coletazos de la sobredimensión de las figuras de los reyes y de sus puñeteras conquistas no han parado nunca de azotarnos el trasero. Eso sí, recuerdo que mi generación fue una de las primeras que no tuvo que estudiar la odiosa lista de los Reyes Godos. Entre los cientos de cosas inútiles que se debían memorizar, esta era una de las más notorias, casi como objeto de un chiste. Es verdad que la historia es importante, y como relato que nos contamos a nosotros mismos, ha de tener su repertorio de protagonistas y personajes secundarios; pero, a la postre, todos desaparecerán de la faz de la Tierra. Restos de madera, de barro cocido o de células formadas por hileras de genes. El papel donde fue impreso, el celuloide, el soporte informático, la memoria humana, todo se desvanecerá como esos sueños que intentas recordar al despertar mientras sientes como desaparecen de tu mente como si nunca hubieran existido, y quizá no lo hicieron. 

 

LOS ENAMORAMIENTOS. JAVIER MARÍAS.

 

LA VIDA DE LOS OTROS. 

   En el personal y cuidado estilo del autor, en el que predomina la reflexión por encima de la narración, se desarrolla una historia inquietante y éticamente compleja.  Es la propia lectura la que decidirá si la actitud de la protagonista nos parece éticamente reprobable o no. Javier Marías nos plantea además con su novela una reflexión profunda y personal sobre los dos temas clásicos de la literatura: el amor y la la muerte. El amor como fuente de vida y como fuente de muerte, el amor que brota de la amistad y el que brota de la envidia, y las relaciones entre estas emociones.
  La muerte como sorpresa y la muerte como condena, la relación entre el dolor, la enfermedad y la muerte prolongada y devastadora. Pero, sobre todo, la muerte de los demás y cómo nos afecta y la vivimos como propia. Como decidimos, en nuestra mente, si era o no el momento propicio, no ya para ellos, sino para nosotros mismos. Como si fueran personajes en nuestra vida, más que otra cosa.
  



  En este sentido, Marías establece una interesantísima relación entre los hechos de su novela y dos obras literarias, de Shakespeare “Macbeth”,  y  de Balzac “El coronel Chabert”, respectivamente.  La referencia a otras obras juega un papel importante en la novela, pero no como un intento de mostrar la erudición del autor, sino más bien un reforzamiento de la idea de que “los otros” y lo que les suceda está en el mismo ámbito tanto si son reales como si son personajes novelísticos.  

  El propio Marías explica estas ideas en una entrevista que concedió a Guillermo Altares para El País, de la que extraigo esta cita:



Nuestra vida está formada también por esas historias. Casi todo lo que se nos cuenta es real. Usted me cuenta una historia que le ha pasado aquí, quizás la tiene en un ámbito distinto al de las narraciones, pero yo que la escucho como un relato, para mí, a la postre, va a quedar en el mismo ámbito, en el mismo nivel que una novela o una película. Uno lee sobre el sitio de Stalingrado y sabe que ha sucedido y que es real y que es espantoso, pero el hecho de que nos lo cuenten lo iguala con las narraciones ficticias. Y en ese sentido aparece en la novela




  Marías nos plantea otra cuestión en Los enamoramientos:  la dificultad para conocer a otro ser humano, para saber qué es lo que realmente piensa, si nos está mintiendo o no, incluso para aceptar la mentira, como tal, y con ello destruir la idea que teníamos de esa persona y lo que de ella haya en nosotros mismos.

PARAÍSO INHABITADO. ANA MARÍA MATUTE.

 

EL UNICORNIO SE ME HA PERDIDO AYER. 

  



  

  Ana María Matute desarrolla en esta novela un universo envolvente y único, como lo hace en todas sus obras. La protagonista es una niña preadolescente. Su imaginación y su debilidad física, así como su sentido crítico y agudeza, la mantienen al tanto de lo que ocurre a su alrededor intentando dar un sentido a esa realidad que aún no comprende. En ocasiones, se deja llevar por la fantasía dotando a los muebles y rincones de la casa un carácter mágico, como suele ocurrir en la infancia.

  Durante los años cruciales que precederán a la Guerra Civil y al final de su infancia –hechos que transcurren en paralelo, aunque la niña no pueda ser consciente de ello– va viviendo experiencias a través de las cuales puede ir construyendo el puzle de la vida.

  Las personas que la acompañarán y la guiarán en estas experiencias serán su tía, una mujer moderna y liberada que le presentará a un exiliado ruso; su padre, un liberal desclasado y con dificultades para imponerse sobre la realidad que le rodea; las mujeres del servicio, mucho más cercanas a lo real y cotidiano, y finalmente, un niño de su edad, también exiliado ruso, como ella inteligente e imaginativo. Con el niño construirá su particular universo en el que la ilusión y la alegría contrastan con la amargura, el miedo, la desconfianza y la falsedad que encuentra a su alrededor.



  Una vez más, nos asombra la prodigiosa capacidad de Ana María para penetrar en el mundo de la mente infantil y para mostrarnos el mundo a través de esta lente deformante. La capacidad crítica que despliega es tan fabulosa como su profundidad filosófica y moral. En el entramado de personajes de distintas clases sociales, y siempre a través de la niña, observamos las mezquindades con las que se construyen los entramados sociales y la ceguera de los adultos hacia los sentimientos más nobles y el dolor ajeno que nosotros mismos hemos contribuido a crear.  Como en El Principito, la mirada infantil nos permite ver lo incuestionable como cuestionable, lo cotidiano como extraordinario y lo minúsculo como grandioso.

  La melancolía y la depresión son compañeros de viaje habituales de la escritora, que refleja en sus obras sus propios fantasmas y angustias. Es lógico asumir que la obra pueda ser en parte autobiográfica y que la protagonista tenga mucho de lo que pudo ser la pequeña Ana María. Sin ser desolador, el final es amargo y contundente como una bofetada. Vemos luchar y combatir a brazo partido a la fantasía y a la realidad, a la inocencia y a la maldad, en una lucha permanente en la que la realidad vence. Predomina la maldad y su capacidad para hacerse con el poder y doblegar al débil, al distinto, al ser sensible o bondadoso. Como dice uno de los personajes, con una lucidez aterradora, el paraíso es un lugar inhabitado. Y la infancia es la belleza de un unicornio corriendo hacia un lugar del que no ha de volver.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

LA QUIMERA. EMILIA PARDO BAZÁN.

 

MÁS ALLÁ DE TI.

 La Quimera es una novela tradicional, en el sentido de que el protagonista experimenta un recorrido vivencial y una transformación a lo largo del mismo, y es también una novela filosófica, porque en ella encontramos el germen de la narrativa ensayística que se desarrollaría en España con la llamada Generación del 98. Podemos decir que, una vez más, Pardo Bazán está abriendo camino a través de su obra, como había hecho al introducir en el país el naturalismo y al escribir la primera novela obrera española -La Tribuna


 La vasta cultura de la autora nos permite adentrarnos, de una forma sencilla, en la filosofía alemana que ella misma había traído al país, sobre todo de Schopenhauer. Y si esto fuera poco, nos conduce también por el sendero de uno de los mitos griegos más influyentes en la cultura occidental: el monstruo de la Quimera. Comienza su novela así, con un diálogo teatral -que había escrito para un encargo- en el que desarrolla un diálogo a partir de este mito, al estilo del teatro clásico griego. 

  Cuando empiezas a leer no sabes a qué atenerte. ¿Qué es esto? ¿De qué nos va a hablar? ¿Cómo enfocará un tema tan trillado como obtuso? 

 Partimos de un asunto que podría parecer banal: las aspiraciones de un pintor a convertirse, en un artista importante, de renombre. Pero el tema se vuelve más profundo cuando comprendemos que nuestro protagonista, Silvio Lago, no busca la fama en sí, sino ser un vehículo de arte de verdad, de la esencia misma del arte.  Y aquí es donde empieza la filosofía y queda atrás la narración. ¿Qué sentido tiene para el mundo, para los humanos la existencia del arte? ¿Qué es el arte? ¿Qué visión de nosotros, como humanos, podemos tener cuando aspiramos a crear ideas, objetos, o procesos artísticos? 

  Dos hombres pasean interminablemente por un museo discutiendo si Rubens aventaja o no a Van Dyck. Contemplan cuadros de muchos estilos y autores, y en un momento dado, se paran ante la imagen de una mujer que está cociendo parte de su bebé y estrechando contra sí el resto. ¿Qué opina usted, esto es arte? , pregunta uno de ellos. 

  Pardo Bazán, en realidad, no nos responde. Esa pregunta ya se hizo, cuando el naturalismo se atrevió a mostrar lo que no se podía o no se debía mostrar y a defender su sentido artístico. Esa pregunta ya la había respondido Goya.  A la escritora le interesan otras preguntas.  Comprende las frivolidades, las banalidades de los egos y juega con todo esto en la novela y fuera de ella, cuando responde a las acuciantes preguntas sobre las personas reales en las que ha podido basar su relato, pero no es esto lo que le interesa. Para la autora de La madre Naturaleza, lo que importa es escarbar. Pardo Bazán  escarba bajo las apariencias y encuentra bultos… “sobre el nítido torso había divisado Silvio algo horrendo, una informa elevación voltosa y rugosa como la piel de un paquidermo” Detrás de una apariencia se esconde una verdad. La verdad puede ser una debilidad oculta, una cicatriz, una contradicción entre la representación de la realidad y la vivencia de la misma.

 El protagonista de la novela no sabe vivir como bohemio, ni como burgués. No sabe, y para poder pintar hay que vivir.  Se arrastra por los intereses de otras voluntades y construye una representación, la de su vida, que no se corresponde en absoluto con el ideal al que su mente aspira. Y lo peor es que lo sabe, tampoco es capaz de construir un autoengaño. No es capaz de crear un personaje que se ajuste mínimamente a sus aspiraciones, ni tampoco de conformarse con la mediocridad de una vida relativamente segura y tranquila. No es capaz de construir una mentira con otro ser humano, una mujer, que alimente su "sueño" -como nos gusta llamarlo ahora-  a través de la suya.  Silvio va detrás de una quimera y no consigue apagar el fuego, el ansia que le devora, echarle plomo por la boca y acallarla. Se abrasa en ese deseo imposible, más grande que sí mismo, se destruye en aras de una visión cegadora. ¡Qué paradoja para un pintor!

 

 En esta fascinante novela, Pardo Bazán da otra vuelta de tuerca al universo que ha ido construyendo a través de sus ensayos, artículos, cuentos, novelas y discursos. La suya es una voz potente, que atraviesa la historia del pensamiento occidental y nos conduce hasta lo que seguimos siendo y pensando en el siglo XXI:  seres confusos que aspiran a una individualidad imposible porque niega nuestra verdadera esencia, la de los límites que nos impone la sociedad dentro de la cual nos configuramos como seres humanos. 

  El trasfondo de La Quimera es esa ceguera ante lo que está delante de tus ojos, lo que no eres tú porque, en realidad te disuelves en ello: las otras personas, la luz y la sombra, las formas geométricas, las estrellas, la nubes, lo árboles, los ríos, los peces, los niños jugando y los pájaros… esos pájaros que vuelan sobre nuestras cabezas y que seguirán cantando después de nuestra muerte.

 

 En el cuadro, recreación de una conferencia de la autora en el Ateneo de Madrid.




LA HISTORIA. ELSA MORANTE.

LA DIGNIDAD DE LA PESADUMBRE.  






   La Historia es una novela, pero también es un texto de historia: la historia de Italia, que precede a cada capítulo para decirnos: sí, ocurrió, vivimos esto, en lo que te voy a contar hay una verdad.  

  La protagonista, Ida, es una mujer de ascendencia judía por parte de madre, esta situación ambigua le crea un sentimiento de angustia e incluso culpabilidad. Desde las experiencias vividas por esta insignificante y a la vez poderosa mujer, accedemos al universo enrarecido y brutal de la Italia fascista. Para Ida la vida más bien resulta ser una especie de broma pesada, pero una broma que no deja un resquicio para la contemplación irónica o el alejamiento. El día a día es apremiante y agotador, como lo es siempre para las madres pobres, pero más aún para las perseguidas y acosadas por la maldad y la mala suerte. Ida es un héroe que no quiere ser héroe -y que no puede serlo- y, sin embargo, lo es. Ida no es un Don Quijote que aspira a un identidad heroica imposible, ni su opuesto, el caballero andante, Ida es la valentía misma, el coraje y la fuerza en un cuerpo exhausto que se abre paso contra las fuerzas de la naturaleza y no consigue vencer, porque es imposible. Su fracaso es una certeza matemática, pero su lucha, su resolución ante cada problema, tiene sentido. porque de no tener sentido, deja sin valor alguno toda la vida humana. 

  Elsa Morante como César Vallejo – con cuya cita: “Por el analfabeto a quien escribo” comienza su novela-quiere rendir homenaje al que mantiene en pie toda bondad y toda honestidad por encima de cualquier tragedia y por encima del propio ser, de la propia subsistencia, hasta convertir ese acto en belleza sublime.

  Morante consigue dar una vida autónoma a cada personaje, por breve que sea su papel en la historia que relata, todos ellos son vitales, intensos y tienen una existencia que corre paralela a la propia narración. 

 “Un día de enero de 1941 un soldado alemán caminaba por el barrio de San Lorenzo en Roma. Sabía en total cuatro palabras de italiano, y del mundo sabía poco o nada. De nombre se llamaba Gunther, su apellido nos es desconocido.” 

 "Su apellido nos es desconocido". Los detalles hacen la gran literatura. Ese hombre, el joven sin apellido que viola a Ida, casi como si no fuera consciente de lo que está haciendo, de la gravedad y el horror de su acto, ese joven tiene cuerpo, esencia, verdad. Cada vida está inserta en unas circunstancias y son ellas las que, en gran medida, determinan los actos de los personajes, pero no hay un naturalismo mecanicista en la narración sino una dialéctica continua en la que las decisiones, las propias y las ajenas, incluso la propia naturaleza irrebatible de las cosas, nos conducen hacia un destino, pero en el afrontamiento de ese destino tejemos nuestra existencia como sujetos que sufren, y que también escriben, aman, cantan, contemplan... viven. 

   La sensibilidad de Morante es incomparable. Hay momentos en que la sangre se te hiela, y otros en los que el calor te invade como una llama. Recuerdo el momento en el que Useppe y su perra Bella ven un animal muerto, jamás había leído algo que expresara la muerte de un modo similar, ni tan siquiera cercano. No es poesía, es narrativa, pero encierra una intensidad emocional, una belleza y un misterio tan insondable como el mejor poema sobre la muerte. Otro momento impresionante se produce cuando Ida escucha una especie de murmullo y se aproxima a uno de los trenes de transporte de judíos, la fuerza de las imágenes que describe Morante es de una intensidad abrasadora, nos sobrecoge el sentimiento de la protagonista,  No es solo que la novela te conmueva, es mucho más que eso: te ayuda a comprender el desde y el hasta, el cómo y el por qué, y al comprenderlo, inhalas tristeza, pero también te ablandas por dentro y, de algún modo, te haces mejor, sin pretenderlo nadie, simplemente porque la verdad  misma que nos muestra nos hace más sensibles al dolor humano.

  Morante conectó de manera absoluta con el pueblo italiano, al menos durante el siglo XX no había, al parecer, familia que no tuviera el libro. La novela ayudó a conjurar, de algún modo, el estupor, la vergüenza y el asombro ante el sinsentido de los actos humanos, voluntarios e involuntarios, conscientes o inconscientes, que se sucedían, como en una pesadilla. Sin embargo, la voz narrativa no es, a la manera shakesperiana de La Tempestad, la de un "idiota furioso", que nada significa, es la voz de un misericordioso ángel capaz de sentir compasión por cada error, mezquindad, crueldad, o simplemente caída en el insondable abismo del horror y la mala suerte. Es la voz de quien es capaz de encontrar belleza en cada molécula de la existencia. Es la voz de quien consigue arrancar de las garras del dolor la luz cegadora del amor por la vida, deseosa de sí misma, arrebatada, infinita e inconmensurable.