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CRISTINA, HIJA DE LAVRANS. SIGRID UNDSET

 

LA HIJA DE LAVRANS SOY YO. 

   Cuando Cristina mamaba del pecho de su madre la leche se le caía de la boca mientras la mirada se volvía hacia su padre. Esto recuerda la madre, confusa ante una hija cuyo carácter y fuerza la desconciertan. Será otra hija -de un dios menor- la que permita a esta mujer conocer la verdadera sustancia del amor. Así prenderá, también en Cristina, la semilla de una emoción que no alcanzará a comprender hasta el final de sus días, ante un niño que, desde una fosa, protesta porque le han manchado de tierra su trozo de pan. 

  Después de leer esto que acabo de decir, te habrá bastado para imaginarte que no estás ante una novelita de género. Cristina es un ser complejo como lo es la novela en su conjunto. Si hay referencias a mitos y tópicos entretejidos por los pueblos del norte, no es para que nos dejemos arrastrar por ellos, sino porque la vida también se entreteje de sueños, mentiras, fantasías y explicaciones que nos permitan construir un significado a lo que nos ha tocado vivir. 

  Como novela histórica, la autora despliega el mundo interior de su protagonista a través de un espacio geográfico y de un tiempo histórico, extraordinariamente retratado. Nos permite viajar con ella al pasado y entender lo que ya no existe y lo que no puede hacer otra cosa sino permanecer: el flujo de las estaciones y el devenir de las emociones, cómo se van desplegando desde nuestra aparición sorprendente y abrupta, hasta nuestra desaparición. 

   Asistimos a la infancia de Cristina, una niña con un orgullo naciente, un ansia infinita de conocer, de explorar y de vivir. De ser como su padre, tener su fuerza, su honestidad y su valor. Pero los días pasan y otra Cristina se impone. Alguien le dirá entonces: “Los buenos días los disfrutan los razonables, pero los mejores son la recompensa para los que tienen el valor de vivir locamente”  Y así, se va abriendo paso esta nueva Cristina, atravesada por el deseo sexual y la necesidad íntima de oponerse con toda la fuerza de su naturaleza indomable a cualquier género de vida que no sea la que ella decida. 

  Paradójicamente, como ocurre siempre, la libertad conduce también a alguna forma de prisión. Asistimos a la vida de una Cristina que ya es una mujer, un ser abrumado por las responsabilidades, por el dolor de la pérdida, la culpa, los partos, las decepciones; una persona que entiende los límites de las elecciones frente a las imposiciones de la vida y el precio que hay que pagar por cada decisión. Y así Cristina sigue viviendo, verano tras verano, invierno tras invierno, hasta llegar al invierno de su propia existencia, ese invierno al que nunca seguirá la primavera. Y es entonces cuando tiene que encontrar el fin último, el sentido y la verdad. 


    Para la autora la identidad como "hija de" es un punto de partida para construir un personaje nacido, paradójicamente,  para representar a la humanidad en su conjunto. Cristina es un ser humano con un cordón umbilical que la ata y contra el que se define sin éxito.

Como Don Quijote, es un hombre de La Mancha, Ana Karenina, es la esposa de Karénin,  o Hamlet, es el hijo del rey Hamlet, el origen de su identidad desata un permanente conflicto. Sus emociones, su lucha interior nos representa. Sus decepciones, sus ilusiones y sus miedos son los nuestros. 

  Cristina, hija de Lavras, es hija de Sigrid Undset, la mujer que comprendió el peligro del nazismo cuando su entorno no lo comprendía -o no quería comprenderlo- Es suya porque es ella misma, como también lo es mía y es parte de mi misma, sin ser noruega, ni cristiana, ni vivir en la Edad Media. No importa, porque la gran literatura nos pone delante de un espejo que atraviesa la barrera del tiempo y del espacio, porque Cristina, la hija de Lavras, también soy yo.