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SINUHÉ EL EGIPCIO. MIKA WALTARI.


 

 CONFIESO QUE HE VIVIDO.   

  Este libro, para mí, es muy especial porque era el libro favorito de mi padre. Me he pasado décadas leyendo el libro con mis estudiantes y esta entrada, durante mucho tiempo, estaba dirigida a las clases. Ahora me reencuentro con ella desde un lugar muy distinto. Me hace feliz ver que mi blog se lee, que cada día hay personas ahí, al otro lado, leyendo algo que he escrito y es para todas esas personas para las que ahora escribo. 

  A través de esta novela viajamos, y lo hacemos a través del tiempo y del espacio. Aunque Mika Waltari no era historiador, (había estudiado Literatura y Estética) hay mucha investigación detrás del libro, mucho estudio. Por eso, cuando entramos en el mundo de la novela, nos sentimos dentro de un periodo histórico, —hace más de 3.300 años— que resulta fascinante para cualquiera. Las figuras de Akenatón y Nefertiti siguen ejerciendo una fuerza enigmática y poderosa, y Waltari se acerca de un modo respetuoso, sin crear una invención labrada en cotilleos, murmuraciones y estupideces que puedan convertir su novela en un "best seller". Paradójicamente, sí es un súper ventas, y digo es, porque no solo se han vendido millones de copias y se ha traducido a más de cuarenta lenguas, sino que sigue teniendo presencia editorial. Baste decir que la última reedición en España es del año 2024. Conviene recordar que el éxito se produjo desde el mismo momento de su primera publicación, —justo el año en el que terminaría las Segunda Guerra Mundial —y se disparó tras la realización de la película de estadounidense basada en la novela. No es esta una obra maestra de la literatura ni nunca entrará en ningún tipo de canon, pero creo, en fin,  que si alguien busca una novela histórica que se desarrolle en el Antiguo Egipto, esta es, y seguirá siendo durante mucho tiempo, el referente inevitable.  


 Lo que nos ofrece Waltari, además del gancho de los personajes históricos referidos, es una vida. Una vida compleja, con muchas luces y muchas sombras, en la que es posible verse reflejado. 

El libro comienza así. 

"Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses del país de Kem, porque estoy harto de los dioses. Ni para alabar a los faraones, porque estoy harto de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses, no para halagar a los reyes, ni por temor del porvenir ni por esperanza. Porque durante mi vida he sufrido tantas pruebas y pérdidas que ninguna esperanza puede alimentarme y del porvenir no temo más que el cansancio que me causan el recuerdo del pasado y la certeza de la muerte. Porque he perdido todo y nada espero"

  Este comienzo tan impactante te seduce, sabes que no vas a seguir la vida de un héroe, te preguntas qué ha pasado para que haya llegado a sentirse así. La traición hacia su padre y su madre te permite tomar distancia respecto a él y al mismo tiempo, acercarte a su dimensión humana de falibilidad.  El autor coloca, sin embargo, la responsabilidad de esta traición, en parte,  sobre una mujer. Este personaje tan terrible, en cierto modo tan poco creíble, tan exagerado y absurdo, es, desde mi punto de vista, junto con ciertos niveles de racismo que parecen desprenderse del libro, lo único que chirria en el libro. Y no es poco, evidentemente.  No quiero decir que el escritor fuera misógino o racista, simplemente que la sensibilidad hacia el género y las diferencias étnicas (ya está archimegademostrado que las razas no existen) no se había desarrollado suficientemente en el momento en el que el autor escribe su novela. Por otra parte, Sinuhé es un personaje que se va construyendo a lo largo del libro a través de sus experiencias y no es esta vivencia con Nefernefer la única que lo marca como persona, son otras dos mujeres, Minea y Merit, las que determinarán dos nuevas etapas en la evolución  del personaje y constituyen ejes mucho más interesantes y menos tópicos. 

  Me gustaría detenerme especialmente en el caso de Minea. Para el autor las creencias religiosas tienen una especial trascendencia, más que otras creencias o formas de pensar, en la medida en la que no sólo determinan la vida de la persona, sino que su visión de conjunto, de su existencia y de su  muerte, está enmarcada por estas creencias, cuando tienen verdadero arraigo. Sinuhé nos trasmite una perspectiva, desde la que este tipo de creencias sirven como instrumentos de manipulación y de ejercicio del poder. Es fascinante que si eres un lector o lectora creyente lo he —visto muchas veces— esta especie de denuncia no te va a conducir a plantearte dudas, al menos conscientemente, sobre la religión que tú profesas. Es lógico, porque esta es la verdadera, según tu propia concepción de la realidad y del mundo, mientras que las otras no lo son.  El protagonista no tiene esta perspectiva que bascula desde el eje de su propia existencia y creencias. Ve el mundo como un observador en el que las sociedades humanas se arrastran hacia traiciones, destrucciones y sin sentidos sin que parezca posible evitarlo, como si se tratase de fuerzas de la naturaleza como un huracán, un tornado. No nos enfadamos con el huracán o el tornado, nos limitamos a aceptar sus consecuencias o intentar prevenirlas pero con los otros seres humanos sí, porque nos vemos reflejados en ellos y porque pensamos que se podrían haber evitado. 





 Sinuhé nos cuenta su historia mirando por el espejo retrovisor, sin ira, pero con cansancio infinito. No es edificante, no es esperanzador, pero tampoco es enteramente amargo. Es una experiencia vital fascinante por ser un viaje al pasado, pero también, y por encima de todo, por ser un viaje al interior de un ser humano que lo ha visto todo y sólo ha aprendido que no sabe nada,  o quizá sólo una cosa: que ha vivido.