LA IMPOSIBLE ETERNIDAD.
"Hoy no estoy triste
por persona alguna, ni muerta ni viva.
Me turba el mundo impermanente
como las gotas de rocío en la hierba"
- Palabras extraídas de un poema de la obra-
No he viajado nunca a Japón, pero con Murasaki, de algún modo, he conseguido visitarlo. Adentrarme en las casas, pasear por los jardines y recorrer ruinas, cementerios o monasterios bajo la luz de la luna, como en una novela gótica. Y es que la novela de Genji es un poco gótica, pero también es romántica, decimonónica, caballeresca, lírica, psicológica, clásica, moderna y posmoderna. Todos ello a la vez. Podría pensarse que eso no es ningún mérito. La cosa cambia cuando se aclara que está escrita en el siglo XI, y que, por tanto, se adelantó a todas estas visiones del arte literario en cientos de años.
Nadie ha escrito algo así en un momento tan lejano de la historia. Nadie. Por eso este libro es una especie de milagro. Sabemos las fuentes chinas de las que bebió la cultísima escritora, en la poesía, el relato breve, la epístola y la biografía; pero es difícil comprender qué genialidad creativa llevó a esta mujer a construir algo tan enteramente distinto de todo ello, sintetizarlo y construir una obra enteramente original y adelantada a su tiempo de una manera tan asombrosa. Es difícil saber qué poder, qué fuerza interior o qué experiencia humana pudo lograr que llegase a penetrar de tal modo en las sensibilidades de los hombres y conducir el interés de sus lectoras y lectores hacia eso que se ha llamado a veces “la guerra de los sexos” y que ella acierta a mostrar desde la mente de los personajes como una guerra interna, la guerra en la que se debaten las mujeres en un duelo constante contra sí mismas, y la guerra en la que los hombres luchan a favor o en contra de sus impulsos físicos, impulsos que subliman o desprecian, según el caso, proyectándolos en las propias mujeres. Es asombrosa la manera en la que la escritora consiguió, me atrevo a decir que por primera vez en la historia, plasmar esta dialéctica tan compleja. Centrarse en una cultura tan codificada y en un ambiente tan selecto permitió a Murasaki alcanzar este logro de un modo puro, librando a los personajes de las otras luchas y centrándolos en ese ambiente pacífico y cortesano, de apariencia banal y tranquila, que sin embargo esconde dolor, humillación, soledad y muerte.
Murasaki nos sumerge
en un Japón tan subyugante como se representa en la elegancia, la belleza y las
maneras de su protagonista. Nos arrastra, nos confunde y nos enamora como él
hace con las mujeres que seduce o fuerza. Pero Gengi no es un Don Juan, ni la
novela se asemeja a ninguno de los eslabones que han compuesto esta serie en la
literatura occidental. Gengi es una persona y no un arquetipo, y desde su
condición humana, profundamente anclada en la verdad de su época y en la
intensidad de su temperamento, nos permite acceder al mundo femenino que él
imagina, siente y vive, y contrastarlo con el que la autora nos muestra a través
de las mujeres cuyas vidas relata. Murasaki nos invade con las emociones de estas
mujeres, sin más don que el atractivo envenenado de una belleza, una elegancia
o una exquisitez exentas de verdadero poder.
Por su extensión y
su ambiciosa representación de un mundo tremendamente vivo, la obra puede compararse con grandes
monumentos de la narrativa coral occidental, como “La comedia humana” o “En
busca del tiempo perdido” y tiene en común con ellas el poder para reflejar la
distancia entre el ser, el querer ser y el aparentar, pero ninguna de estas
obras nos representa a las mujeres, desde nuestras propias almas.
Desde el punto de
vista técnico, literario propiamente, también asombra la capacidad de la autora
para anticipar lo que la crítica ha dado en llamar metaliteratura.
Dice Murasaki: “Hubiera
querido pasar por alto las tribulaciones de Genji, si al fin las he incorporado,
es porque algunas damas y caballeros criticaban mi relato por parecer
inventado”
Este comentario justifica
la plasmación del sentimiento de culpa, que embarga constantemente al
protagonista, desde una crítica externa fundada en el deseo de exponerse a la
verdad. Y es que la verdad trastoca la
invención en algo de más valor, pues nos acerca al autoconocimiento y a la visión
crítica del mundo como harán muchísimo después nuestros Fernando de Rojas,
Cervantes o Galdós.
Por otra parte, los
bellísimos poemas breves, tomados de la tradición china, sirven a Genji, y a
las distintas mujeres con las que despliega sus artes de seducción, para crear
ese universo paralelo idealizado desde el que se sublima todo: el aburrimiento,
la soledad, la “insoportable levedad del ser” el deseo de morir…
Como en Las amistades peligrosas, el ocio infinito, la vida resuelta, empujan a los personajes al juego del amor y es necesario crear un teatro en el que se represente. La voz de unos de los personajes femeninos más importantes de la novela dice, en público, que entiende y no teme a la mujer que ha llegado a la casa para terminar por suplantarla: Estoy tan contenta de que haya venido la princesita, a veces temía que mi marido empezara a aburrirse.” Después, la voz narrativa profundiza en las contradicciones internas del personaje: “No tenía sentido atormentarse por hechos que no podía cambiar. Aunque, más tarde, empezó a pensar en los años de exilio de Genji y deseó que volviera a estar lejos, y luego, empezó a desear su propia muerte, seguida de cerca de la de él y se horrorizó con su pensamiento”
La riqueza y el lujo
pueden parecernos un consuelo frente a la vida mísera de la mujer apartada de
su puesto en el lecho conyugal, o de la que carece de dicho lecho siendo este
un lugar de tránsito obligado, pero a través de Murasaki observamos como el
tiempo para pensar, para “contemplar el propio estado” envenenan la conciencia
más de lo que pudiera hacerlo la humillación encubierta por capas y capas de ocupaciones,
problemas o formas de lucha por la supervivencia. En una mente sensible, la riqueza
enfatiza la magnificencia del autoengaño y la coloca en el centro de una vida,
que ya pierde todo sentido.
Quiero
terminar esta crítica resaltando el hecho de que La historia de Genji es una
narración extensísima, tan ambiciosa como sus sucesoras chinas “El romance de
los tres reinos” o “El sueño del pabellón rojo” y se despliega en dos partes:
“Esplendor” y “Decadencia”. Me he referido sobre todo a esta primera parte, sin
embargo, en imprescindible atender a la segunda y la forma en la que todo lo
relatado en la primera se modula, reinterpreta y se trasciende en la segunda.
La espiritualidad adquiere un tono aún más lúgubre y la autora se adentra en el
sentido budista de la vida y contrasta la exaltación de la belleza, el poder y
lo transitorio con otras formas de existir y de ser que puedan dotar de paz y de
significado un alma perdida o rota.
Lo que falta a otras
obras que he ido citando y que te dejan con la sensación de que nada tiene
sentido, lo encuentras en esta grandiosa y fascinante novela. Al terminar la
segunda parte, cada gesto, cada lágrima y cada palabra quedan encerrados en una
burbuja, y sostenidos en la palma de la mano de la autora por toda nuestra
imposible eternidad.
Escultura dedicada a Murasaki en Uji, en la prefectura de Kioto.