Cuando comencé a leer "Pamela, o la virtud recompensada" mi única experiencia con "pamelas" era la del sombrero que mi madre me obligaba a usar en la playa, y que odiaba. Cuando me hice mayor tenía clara una cosa: no volvería a usar una pamela mientras viviera. La usé una vez, era la pamela de mi madre, que también había usado con mis estudiantes en los talleres de teatro, era una especie de recuerdo, de homenaje a aquella que con tanto amor y esmero me había cuidado. Y es que a veces los recuerdos, las tradiciones, los ritos se superponen sobre otras cuestiones como la lógica o el deseo de libertad. Algo así pasa con el personaje de Pamela y el amasijo de sentimientos que la atraviesan a lo largo de la novela.
Nada más comenzar a leerla, me sorprendió tanto que, tratándose de un autor masculino, tuviera una perspectiva femenina tan audaz, que incluso llegué a dudar de que aquel impresor de profesión, fuese también el autor de la novela. Seguramente, otra persona, una esposa, una hermana o una amiga estaba detrás de diálogos y concepciones que, hasta el momento, sólo había encontrado en libros de autoras. Me asombraba que un novelista pusiera en solfa, de una forma tan mordaz, el comportamiento de los hombres en lo que respecta a su sexualidad y la forma en la que abusaban sin restricciones de las mujeres de su entorno. Baste comparar El Decameron y el Heptameron entre sí, para observar cómo el género del autor afecta sobre manera la visión de este aspecto de las relaciones humanas. Casi estaba dispuesta a integrarlo dentro de los hitos de la crítica hacia el dominio atroz del cuerpo y la vida de las mujeres, el abuso llevado a un extremo insufrible, sin que esté tamizado por una carga erótica o pornográfica, encubierta por una pátina de crítica social. Pensaba si era posible que me hubiera topado con una suerte de "Desengaños amorosos" de Zayas. ¿Podría realmente este hombre cincuenta años haber llegado a adoptar una posición tan crítica? Hay que recordar que fue un hombre quien escribió el famoso e influyente ensayo "La esclavitud de las mujeres" en 1869, aunque también conviene tener muy en cuenta que Stuart Mill lo redactó en colaboración con su esposa Harriet Taylor Mill. Quizá nos encontremos ante un caso similar, aunque el pensamiento femenino no haya sido reconocido.
En cualquier caso, cuando estaba alcanzando la segunda parte del libro fui cayendo en la cuenta de que la novela, en realidad, iba a usar esa denuncia para darle la vuelta y volverla, en cierta medida contra las mujeres, en un afán de conseguir el mayor número de adeptos posibles y no ganarse demasiadas críticas. Así como en La Celestina la mala malísima parece, en principio ser ella, mientras que en el fondo lo que se critica es la sociedad patriarcal y el silencio o la dominación en la que caen las mujeres, en Pamela, el autor nos muestra su saber como editor y no se arriesga, no puede o no quiere arriesgarse a una perspectiva más radical, usando como cebo cierta misoginia no resuelta que se aprecia en la construcción de algunos personajes femeninos. De alguna manera, considero que la novela intenta posicionarse junto a las mujeres y no frente a ellas, pero no consigue escapar del marco patriarcal en el que fue concebida. Pero, en fin, veamos lo que nos aporta, y cómo juega con los lectores y, sobre todo, con las lectoras de su época, encubriendo una intención que tiene más de conciliación de intereses y satisfacción de fantasías de cambio de clase social que de propuesta "protofeminista"
En un principio, la
forma en la que se presenta la figura del hombre rico y dominante que quiere
acostarse con la joven del servicio es impactante, y genera un fuerte
desprecio, me atrevería a decir, que en cualquiera que lo lea. Para ello, opone
a la voluntad del hombre, la perspectiva femenina interiorizada y llena de
matices y de sensibilidad. “Solo soy una muchacha tonta a la que el juego de la
fortuna ha convertido en un entretenimiento. Tan pronto soy algo como no soy
nada, según le convenga a quien juega conmigo” El hombre aparece como un
depredador amoral, castigado además en su condición de hombre rico y poderoso.
En este sentido, es fundamental la forma en la que se presentan los padres de
la protagonista, una familia cuya honestidad se defiende a la manera de El alcalde
de Zalamea, de Calderón, pero a diferencia del dramaturgo barroco, aquí la
voz la tiene la joven, que, eso sí, pone su familia por delante y defiende que
su valor, su honestidad y su madurez como ser humano no han sido producto de la
influencia de su señora, sino de su familia.
Ahora bien, siguiendo el modelo que encontramos en tantas novelas e incluso en los cuentos de hadas infantiles, la crítica se desliza hacia las mismas mujeres que aparecen como cómplices del proyecto amoral del hombre, o como seres complacientes que con frecuencia se ofrecen a satisfacer tales demandas. De algún modo, se nos dice que, si la protagonista se dejase llevar, apenas sufriría daño y es su insistencia en no ceder lo que determina la lucha sin cuartel por vencerla, por “conquistarla” hasta que ya se decide por métodos violentos e infames. Este es un tópico bien asentado en la literatura y en la mente social a través de todo el pensamiento masculino que lo generaliza y lo presenta como una verdad incuestionable. Para esquivar el efecto que tendría que dicha violencia se llevase a cabo, se cuenta con una artimaña, la de que la joven convenientemente se desmaya y el hombre no sigue adelante en tales circunstancias por compasión. Ahora bien ¿qué compasión? ¿Acaso la hubiera tenido de no haberse desmayado? ¿Hasta dónde hubiera llegado? No lo sabemos. El desmayo es una especie de certificado de honestidad que la “salva” de la supuesta y posible confusión de que las mujeres, en el fondo, fingen no querer algo que, en realidad sí quieren. En la novela se presenta este hecho como algo novedoso, propio de las mujeres de la época que cuya honestidad estaba echada a perder, a diferencia de las del pasado. “¿En qué mundo vivimos pues se ha llegado a considerar más sorprendente que las mujeres muestren resistencia a que se muestren complacientes?”, dice uno de los personajes. Así pues, las mujeres modernas, contemporáneas contrastan con las de épocas pretéritas no ya por sus mayores exigencias y sentido de la autoestima, sino por ser unas libertinas.
La
protagonista es una rareza y como tal merecerá un trato que, sin duda, no se
pretende extender a través de la novela. Se debe tener en cuenta, por tanto,
este doble mensaje: de un lado, mostrar el camino abierto a exigir matrimonio a
cualquiera que pretenda tener sexo con una mujer, sin que la clase social pueda
o deba considerarse un impedimento; del otro lado, dejar claro, para evitar
críticas excesivas, que la novela no se dirige a todas las mujeres, sino a las
excepcionales. Las mujeres que representen en aquel periodo un modelo de
orientación hacia la libertad sexual o los derechos individuales y a la
independencia económica no pueden ni deben verse reflejadas en Pamela. Pamela
representa la virtud y la entelequia de que dicha virtud será recompensada,
casi como en un acto místico religioso. Este sentido de la feminidad teñida de
cristianismo se advierte cuando una de las criadas afirma: “Mi amo no es la
mitad de malo que esta mujer. A buen seguro que debe ser atea”.
Otro artilugio del
libro es construir un personaje masculino que, si bien es despreciable, es
joven y atractivo. Si se tratara de un hombre físicamente desagradable las
lectoras no podrían sentir una suerte de dualidad, como parece sentir de hecho
la protagonista, una especie de atractivo que supone un choque frontal contra
los propios intereses y el sentido de la dignidad personal. Como en tantas
novelitas más o menos pornográficas que se venden como churros en la actualidad
(y no hay que olvidar que Pamela fue un auténtico bestseller) el deseo sexual
femenino, aunque encubierto, está presente y convierte la novela en un texto
atractivo para las mujeres que deseen mantener esa ensoñación del hombre
poderoso y atractivo, que las desea de forma impetuosa y que termina por
postrarse a sus pies, convirtiendo en realidad el doble sueño de poseerlo y de
ser poseída por él.
La mezquindad, la falta absoluta de moral del personaje, sin embargo, se desliza de manera inequívoca cuando el escritor lo presenta como un individuo que, no sólo se atreve a contravenir la petición de su madre en su lecho de muerte, sino que se ve a sí mismo, por encima de cualquier otra cosa, como un jugador que siempre ha de ganar la partida. De eso se trata y de nada más. Así lo reconoce en las siguientes palabras: “Debes saber, Pamela mía, que yo había concebido un plan como el que se menciona en esta carta, pensaba hacerte mía en los términos que entonces hubieran sido mucho más agradables para mí que un matrimonio y haber vivido así, muy placenteramente juntos quizá años mientras hubiera estado en mi mano confirmar o abrogar el matrimonio según me conviniera. ¿Qué buen ángel impidió la ejecución de esta intriga tan preparada? Pues tú, pues empecé a considerar que te habría hecho desdichada y a mí infeliz. Que si hubiera tenido un hijo contigo… Además, recordé cuanto había clamado en contra de una acción de este tipo que se había atribuido a uno de los hombres de leyes más importantes, que después lo fue del reino. Y pensé que, si iba a obrar según este plan, no haría más que andar por un camino que ya otro había recorrido por mí, y con poca satisfacción para él, entonces me piqué en mi orgullo, pues si hiciera en algún momento algo fuera de lo común, me encantaría que pensaran en mí como el primero”.
“Me encantaría que
pensaran en mí como el primero”. Nos deja helados esta visión de sí mismo, esta
explicación de por qué no siguió adelante con el engaño de hacer creer a Pamela
que se había casado con ella. El grado en el que la totalidad del mundo que
gira en torno a él depende de esta autoestima, de esta visión patética de sí
mismo en la que la competencia con los otros hombres lo es todo. Sí, entre las razones está la bondad de ella y
su posible embarazo, pero, ante todo, simple y llanamente, su orgullo personal.
De paso, la novela nos dice cuál es el calado de estos hombres, nada más y nada
menos que un representante de la justicia, en el caso que cuenta el
protagonista. ¿Acaso no puede interpretarse esta parte del libro como una
denuncia velada de este tipo de situaciones, de la hipocresía social que las
sostenía? Más aún, ¿no es una visión crítica de la masculinidad tóxica lo que
se está presentado? Al contrastar la figura de este hombre con la del padre de Pamela,
el libro sostiene además un equilibrio en el que los hombres cabales no actúan
guiados por este motor del dominio y el orgullo, sino que, muy al contrario, se
entregan a los demás. Se trata de una visión de un cristianismo profundo que
debió tener un gran peso en el autor, es sabido que en su juventud la familia
intentó que siguiera la carrera de clérigo, aunque no pudo reunir el dinero
suficiente dedicándose al oficio de impresor.
A mi modo de ver,
Pamela dice mucho más entre líneas que lo que se dice explícitamente. Los
personajes sí están sujetados por las amarras invisibles de su época, y por eso
ella acaba suspendiendo su capacidad de juicio hacia ese hombre que había
juzgado infame, incluso cuando le confiesa hasta que punto estaba dispuesto a
engañarla. Ella ya ha suprimido todo juicio y ha establecido la figura de su
esposo en la categoría divina de lo que no se puede juzgar. “Es con sumo gusto
que espero los grandes beneficios que mi amo parece decidido a conferirme. Es
siempre el sinónimo de una clase dependiente verse obligada a deber lo que uno
no puede pagar, como lo es de una mente pudiente, poder conferir favores sin esperar
que se los devuelvan. Es el estado del ser humano comparado con el Gran
Hacedor, por lo que puede decirse, con perdón, que la beneficencia de mi amo es
semejante a la de Dios.”
Quizá las personas
que se acercaron al libro en su época no estuvieran sujetos enteramente a
esas mismas amarras. Quizá tras la lectura, sin la presión de sus
circunstancias personales, sin la ceguera de sus intereses inmediatos, podrán
juzgar el “quién es quién” de cada personaje y concebir una crítica más
profunda de lo que la novela parece representar en un principio. Y quizá también por
eso, ha llegado hasta nuestro siglo, potente y electrizante, influyente y
poderosa, con toda la fuerza de una gran novela.
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