LA TENUE LUZ DE LA ESPERANZA.
Fascinante la experiencia de leer la primera novela del gran escritor portugués, la que fue, no ya rechazada, sino ignorada por las editoriales. ¿En qué novelista se hubiera convertido si se la hubieran publicado? ¿Habría tenido alguna repercusión este hecho en su libertad creativa? Quizás sí, y este es un motivo para dar la bienvenida a las derrotas, fracasos y episodios de mala suerte cuyas consecuencias a largo plazo son siempre imprevisibles; me anima a continuar con mi filosofía doméstica del “ya veremos”.
Cuando le propusieron a Saramago la publicación del título
una vez reencontrado el manuscrito que, al parecer se había perdido, el autor
se negó a la publicación y la retuvo hasta después de su fallecimiento. Por
tanto, ahí está este regalo que nos ha
hecho y que ha hecho al joven que fue.
Lo que más recuerdo de la novela es lo bien entrelazadas que se encuentran las historias de los personajes, el modo en el que nos los va presentando unos a través de otros, como corresponde a una novela coral. La relación no parece forzada y la complementariedad entre ellos resulta orgánica y fluyente. Hay mucha buena literatura y muchas ideas; pero es una novela mucho menos literaria y ensayística que las que constituyen el universo conocido del premio Nobel. Todo el protagonismo lo tienen aquí estos seres llenos de vida, con sus frustraciones, sus ilusiones, sus fracasos y sus esperanzas; muy en la línea de la novelística europea del periodo, mediados del siglo 20. Uno de los aspectos que dan al texto un carácter moderno es la reflexión contemporánea sobre la mercantilización del cuerpo femenino y la necesidad de salir del círculo vicioso de la satisfacción del deseo del otro para obtener un lugar en el espacio público donde nos ha sido negado, una autonomía que es al mismo tiempo esclavitud y una seguridad que está teñida de miedo y de desprecio.

