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ANA KARENINA.


                               



    "ANA KARENINA" 
                                     
    DE LEÓN TOLSTOI.


                                                   
¿DE QUÉ TRATA?


    Podría decirse que con esta novela Tolstoi nos ofrece un "dos por uno", es decir, dos novelas en una. 

   Por una parte, tenemos la historia del personaje que da nombre al libro: Ana, una mujer que, después de haberse casado por conveniencia con un hombre al que no ama, se enamora de otro hombre  y es conducida por este amor hacia su total autodestrucción.

   Por otra parte, la historia de Levin, un terrateniente aún jóven que se encuentra inmerso en un proceso de búsqueda de una ética personal y del sentido de la vida humana y al que puede considerarse, en cierto grado,  un "alter ego" del escritor. 

     Ambos sólo coincidirán en un capítulo en el que Levin se siente francamente subyugado por Ana.  Puestos a imaginar, podría pensarse que el propio Tolstoi pudo conocer un caso semejante al de la protagonista e inspirarse para escribir el libro. De este modo la obra sería una especie de homenaje a esta mujer magnífica inmolada en el altar de la hipocresía social y de la sociedad patriarcal. 

      En cualquier caso, el caso de Ana, no puede verse como un hecho aislado que el autor quisiera denunciar. Se trata más bien de una llamada a la reflexión común sobre un problema social que sin  duda afectaba a muchísimas personas en aquel momento dibujan cuestiones muy diversas que iremos perfilando en el comentario en clase de las frases y fragmentos seleccionados.


Análisis académico del la obra. 
Enlace 

             MATERIALES PARA TRABAJAR EN CLASE:

                                                    FRASES PARA COMENTAR.


                                                 
                                     Vivien Leigh como Ana Karenina.          

Capítulo 10.   página 50. El mismo personaje; " El fin de la civilización consiste en convertir todas las cosas en un placer"

Capítulo 3. página 500.  Ana habla sobre lo que esperaría que hubiera hecho su marido de ser un hombre.
"Si yo estuviese en su lugar, a una mujer como yo, hace tiempo que la habría matado y hecho pedazos"

Capítulo 4. página 1085. Habla la madre de Vronski. (Conviene leer el capítulo anterior completo, en la octava y final parte, el 3, que trata enteramente sobre la participación de Rusia en la guerra de Servia.)
"Dios nos ha ayudado con esto de la guerra de Servia"


                         SELECCIÓN DE FRAGMENTOS.

   
                                                        Greta Garbo como Ana Karenina

Capítulo 2.

   El hermano de Ana engaña a su mujer con la cuidadora de los niños, se justifica a sí mismo del modo siguiente:
    "Esteba Arkadievich era leal consigo mismo. No podía pues, engañarse asegurándose que estaba arrepentido de lo que había hecho. No, imposible arrepentirse de lo que hiciera un hombre como él, de treinta y cuatro años, apuesto y aficionado a las damas; ni de no estar ya enamorado de su mujer, madre de siete hijos, cinco de los cuales vivían, y que tenía sólo un año menos que él. De lo que se arrepentía era de no haber sabido ocultar mejor el caso a su esposa. (...) Creía además, que una mujer agotada, envejecida, ya nada hermosa, sin atractivo particular alguno,buena madre de familia y nada más, debía ser indulgente con él, hasta por equidad. (...) ¡ Con lo bien que iba todo, con lo a gusto que vivíamos!



 Capítulo 12. página 62. Sobre las bodas concertadas y la libertad de las mujeres, un personaje dice "La costumbre inglesa de dejar plena libertad a las chicas tampoco estaba aceptada ni se consideraba posible en la sociedad rusa. La costumbre rusa de organizar las bodas a través de casamenteras era considerada como grotesca y todos ser reían de ella. (...) "Pero la princesa comprendía que si su hija trataba a los hombres con libertad, podía muy bien enamorarse de alguno que no la amara o que no le conviniera como marido. Tampoco podía aceptar que las jóvenes arreglasen su destino por sí mismas. no podía admitirlo, como no podía admitir que se dejase jugar a los niños de cinco años con pistolas."


Sophie Marceau como Ana Karenina.      
 
          CAPÍTULOS PARA LEER.

Capítulo 23. página 112. Descripción de la emociones de Vronski y Ana en el baile.

CAPÍTULO 30 de la segunda parte. Segundo encuentro entre Ana y Vronski

CAPÍTUO 10 de la cuarta parte. La cuestión feminista.

CAPÍTULO 27 de la quinta parte. Sergio, el hijo de Ana y su  mundo.

CAPÍTULO 24 de la sexta parte. Discusiones entre Ana y Vronski.



ESTUDIO DE LA TÉCNICA NARRATIVA DEL CAPÍTULO 21 de la segunda parte. Donde se narra la carrera de caballos.  Y COMPARATIVA DEL MISMO CON LAS ADAPTACIONES CINEMATOGRÁFICAS.


  VIDEOS.                                           







  ENSAYO:      La importancia de llamarse Karenina.


 Es curioso esto de tomar el apellido de tu pareja. En conjunto es muy curioso esto de que tu ser se configure a través del de otros seres. 



    En cierto sentido, debemos reconocer que nuestro yo es el resultado de una superposición de categorías: el género, la nacionalidad, la raza, la religión, las creencias políticas, las preferencias sexuales, la profesión, la clase social, los grupos de edad... Pero, de todas las construcciones del yo posibles, la que más me ha llamado siempre la atención es la que nace de la construcción del nombre propio. El nombre, es sabido, nos lo dan nuestro padre y nuestra madre por razones diversas, pero el apellido o los apellidos son una construcción social. 



  En principio, lo normal sería tomarlos  de la madre que nos parió, porque a fin de cuentas es la que ha creado nuestro cuerpo, pero no es tan sencillo como parece porque la madre que nos ha creado resulta que también tiene un nombre y este no es, a su vez, el de la madre que la engendró a ella sino el de su padre. 

   Así pues, generación tras generación los seres con pene van pasándose el apellido unos a otros y diciendo frases como "Nosotros los Fernández" mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo y mi blablablabuelo. Los seres con útero se limitan a la encomiable y laboriosa tarea de engendrar dentro de él a las siguientes generaciones de Fernández.



  Más llamativo aún es  este fenómeno en las sociedades en las que la mujer deja su nombre para tomar el del esposo. Romeo, en la famosísima escena del balcón, le ofrecía a su amada renunciar a su nombre como si esto fuera, para él,  un gran asunto. Sin embargo, para las mujeres de medio mundo parece la cosa más normal. Un detalle sin importancia alguna. Incluso, si me apuras, un regalo del ser amado. 


   Esta construcción de la identidad sobre la de otro la encontramos en el título de la novela Ana Karenina. Todo el argumento de la misma se monta sobre la imposibilidad de Ana de ser ella, de vivir su vida al margen de lo que su marido determine y la sociedad dictamine. Ella es la esposa de Karenin, sus hijos también llevan este nombre, incluso si son engendrados de otro hombre, mientras él no le conceda el divorcio, Ana seguirá siendo Ana Karenina y los hijos engendrados de su vientre serán tan propiedad de su marido como lo era su vientre mismo. 



  Pero el drama de nuestra bella, inteligente, apasionada y maravillosa Ana no reside sólo en que no puede conseguir el divorcio y dejar de ser Karenin, el drama consiste en que si deja de ser quien ha sido hasta entonces lo será para convertirse en la comparsa de una nueva persona. Pobre Ana. Su inteligencia le juega una mala pasada. Ella entiende que todo esta perdido. Haga lo que haga parece abocada a pasar de una convención a otra, de una falsedad a otra, de un estado de incertidumbre y dependencia a otro. Y si en su primer matrimonio esta situación le era tolerable pues nadie le había dado unas alas con las que elevarse por encima de la mediocridad, ahora ya no podría soportarlo.



    Para los demás es Ana Karenina, pero ¿quién es para ella misma?, ¿la madre que ha abandonado a su hijo? ¿la amante que espera con creciente ansiedad que no dejen de amarla? Ana no puede establecer su identidad desde sí misma; no tiene fuerzas  para luchar por ella. El miedo, el dolor y la culpa la atenazan como una cuerda alrededor del cuello que finalmente acabará por ahogarla.